jueves, 23 de enero de 2014

GRANITE & RAINBOW & SIETE DÍAS IV

(Viene de aquí -que a su vez viene de antes-)
...Aquí la cuarta jornada del juego, donde por fin nos pusimos irreverentes...





Jueves 12 de diciembre de 2013



Pedro Larrañaga: Aquí estamos de nuevo, alcanzando el ecuador de esta semana de diálogo, momento ideal para reflexionar sobre lo hecho y lo que queda por hacer, lo que te adelanto que es mi objetivo para hoy. De todos modos, antes, una pregunta sobre una de las cuestiones que dejaste ayer, una de esas que dejan poso y me piden saber más.

Comentabas ayer que gracias al Lazarillo y al Quijote entendiste que Literatura y Hedonismo no estaban reñidas, una idea que casa con el objetivo del este número de G&R, en el que tratamos de quitar esa losa de seriedad que parece pesar sobre la literatura, la escritura y la lectura. ¿Por qué crees que será que escribir se ve como algo tan serio? Es más, ¿de dónde viene esa tendencia a ponernos tan serios cuando escribimos?

Miguel Ángel Maya: Creo que proviene del hecho de considerar la literatura como algo solemne, y el hecho de que la mayoría de la gente que se dedica a escribir considera que tiene que decirle al mundo algo imprescindible. Y basta este ejercicio: imaginarse a Vargas Llosa, cuando este le está diciendo al mundo cosas imprescindibles en una conferencia en la Columbia University, escribiendo en su casa, sin afeitar y con pantuflas. Un profesor mío de antropología decía que «no hay que fiarse de los intelectuales, porque son unos tipos que se creen todo lo que se le ocurre», y a mí eso me hace mucha gracia, porque no hay nada más ridículo que la solemnidad, alguien diciendo una gilipollez con voz grave y cara de estar diciendo algo muy profundo. Me gusta la irreverencia, tener la capacidad de reírse de casi todo, y más de uno mismo: yo, personalmente, no conozco a nadie más mamarracho que yo, de modo que se puede aprovechar el hecho de tener un mamarracho tan cerca. El excesivo respeto por la cultura suele traernos una cultura enconsertada, aburrida y conservadora. No digo que haya que hacer literatura humorística, sino tomarse con más ligereza el papel de uno mismo, sobre todo cuando está acreditado que uno es un pobre diablo y un mamarracho que escribe en su casa por las tardes, en pantuflas y sin afeitar, y además no se llama Vargas Llosa.



P.L.: Retomando la conversación, por un momento me ha parecido oír a ese señor en pantuflas y bata de casa, diciendo gilipolleces con voz muy grave, como si fueran algo muy serio, responder con un «escribo porque es lo único que sé hacer» a la pregunta fundamental (¿Por qué escribes?). Una respuesta que (biológica, física y antropológicamente) es una mentira. A fin de cuentas, esa persona, con pantuflas o sin ellas, podría estar haciendo mil cosas en vez de escribir. Miguel Ángel Maya, con pantuflas o sin ellas, podría estar haciendo mil otras cosas por las tardes en su casa en vez de escribir. Pero aun así escribe. ¿Por qué?

MAM: ¿Ves? incluso a la hora de contestar a esa pregunta, que debería tener una contestación muy simple, le intentamos dar un aura de solemnidad o de profundidad como si de nuestra acción, oh, de escribir, dependieran las cabezas nucleares o el deshielo de la Antártida. Las actividades que uno hace porque quiere entran dentro de esos verbos que tiene que ver con lo que nos gusta. ¿Por qué voy a la cocina, abro la nevera y cojo una cerveza? Porque sí, porque me apetece hacerlo. ¿Por qué los domingos por la tarde mientras veo una película me apetece chocolate? Igual, porque sí, porque me apetece. ¿Por qué me gusta la pasta y no me gustan las berenjenas? Yo tengo una serie de actividades que me gusta hacer y que necesito hacer, por placer, por salud, porque sí: cocinar, por ejemplo, ir a la cocina e inventar algo; la música (oírla, necesito constantemente oír música, o tocar el piano, sin más, ir, abrirlo, poner mis manos sobre las teclas y tocar, dar un concierto, sentir ese morbo de tocar en público); el cine (verlo, intentar poner en marcha por fin la producción de un cortometraje) y la literatura (leer, escribir). ¿Por qué? No lo sé. Me gusta abrir un libro y meterme en la historia que a un tipo se le ha ocurrido, ver qué pasa ahí dentro, ver qué dicen los personajes, qué hacen. Me gusta sentarme, encender el ordenador, poner música, abrir un documento y darle forma a una historia. Simplemente me gusta, me lo paso bien, me tranquiliza, me obliga a mirar dentro de mí, me obliga a entender a los personajes, a saber por qué hablan así y por qué hacen lo que hacen, me gusta sorprenderme o desilusionarme con lo que se me ocurre. ¿Por qué escribir? No tengo ni idea. Yo en concreto lo hago simplemente porque me gusta y me hace sentir bien, como me gusta tomarme un gin-tonic, ver jugar a Messi, caminar por París o nadar en el mar.



P.L.: Con esta respuesta, ya sabemos para quién escribe Miguel Ángel Maya (entre otras, para esa chica pelirroja de abrigo negro) y por qué escribe. Tenemos así dos de las patas sobre las que se asienta ese «escritor del siglo XXI» del que hemos hablado. Tenemos dos, pero nos hace falta una tercera para mantenerlo en pie. Un tercer pilar que podría estar tras la pregunta: ¿qué quiere dejar detrás de sí el Maya escritor?

MAM: Creo que una de las cosas que más valoro es la libertad. Y me gustaría seguir siendo libre, también como escritor. Me gustaría que mi escritura siguiera siendo coherente con lo que soy íntimamente, con lo que pienso, con mi biografía, con lo que me gusta y con lo que me preocupa. Me gustaría, sin tomarme demasiado en serio y dicho también con ironía, que mis libros sólo puedan ser míos, sólo pueda haberlos escrito yo, que no sean intercambiables por cualquier libro; no ser un autor más. Me gustaría que alguien esperara mis libros, que alguien los necesitara. Me gustaría tener la lucidez de saber cuándo tengo que dejar de escribir, cuándo no tengo nada más que decir, porque es algo que sucede. Tener los amigos que le faltan a Almodóvar para decirme «este libro es una mierda, vuélvelo a intentar», y mandar el documento a la papelera del escritorio. Me gustaría haberme dado cuenta antes de que hay que jugarse el cuello a la hora de escribir, pero que el mundo es mucho más que literatura y hay sacrificios que no hay que hacer por nada, ni siquiera por escribir. Me gustaría que Herralde me dijera: «tú escribe tranquilo, tómate el tiempo que quieras, que yo te voy a publicar lo que me des», y que el día que me vaya a la Polinesia con mi taparrabos, mi chica y mi perro, a escribir sólo lo que las olas turquesas de los mares del Sur quieran borrar, estén diseminados por las estanterías de unas cuantas personas unos seis o siete buenos libros de los que no me avergüence y que de vez en cuando se vuelvan a imprimir porque se agoten y que cuando yo esté muerto alguna persona hable de mis libros. En resumen, quiero trascender mi tiempo y publicar en Anagrama; es decir, quiero lo que quiere cualquier escritor insignificante. (Como habrás adivinado, esta respuesta tiene un 70% de sorna, un 25% de esperanza y un 5% de gravedad de señor con papada y gafas de culo de botella).



P.L.: Sorna, esperanza y gravedad… buena combinación para un coctel (sólo quedaría saber si mezclado o agitado). Ahora en serio, hablas de trascender, de dejar un recuerdo, de inmortalidad (a eso se puede reducir el que hablen de uno cuando esté muerto)… ideas llenas de potencia, que impactan, que podrían ser el faro en la vida de cualquier persona, hemos hablado también de escribir, del aire de importancia-relevancia (aunque sea fingida en muchos casos) de los escritores/as, y sin embargo, la lectura es algo cada vez menos valorado desde todos los estamentos de la sociedad (y me refiero a los actos y no a las palabras). Los niños no quieren ser escritores, quieren ser Cristiano Ronaldo, y las niñas no quieren ser princesas, quieren… (he de reconocer que no sé qué quieren ser las niñas). Es más, sus padres tampoco quieren que sean escritores, sino Cristiano Ronaldo y Lady Gaga. Al hablar de la literatura, de los escritores, todos nos ponemos serios, pero después la realidad no tiene nada que ver con eso y uno tiene la sensación de hablar de unos animales exóticos en sus jaulas de cristal. ¿Por qué no rompen esas jaulas de cristal? ¿Por qué las niñas no quieren ser princesas y los niños sueñan con ser Cristiano Ronaldo?

MAM: Bueno, si yo tuviera seis años y me preguntaran si quiero parecerme a Cristiano Ronaldo o a Pere Gimferrer, no lo dudaría un instante. Tengo la sensación de que no ha cambiado mucho de antes a ahora. La lectura era algo que no le gustaba a la mayoría de mis compañeros de clase. Nos gustaba solo a unos cuantos, y éramos un poco los raros de la clase, los profundos, los que peor se vestían y menos se divertían a ojos de los demás. El porcentaje subió un poco en la facultad, porque yo estudié filosofía, y subió un poco más cuando estudié en Italia, pero después, mis compañeros de trabajo, la gente con la que me he relacionado, no leía, salvo excepciones. Las niñas nunca han querido ser princesas, en eso han tenido una saludable voluntad republicana, y los niños siempre han querido ser futbolistas; al menos cuando yo era pequeño ya era así. Nunca he conocido a padres que quieran que sus hijos sean escritores. De hecho, los padres en España siempre han querido un hijo funcionario antes que futbolista. Hoy en día se puede entrar en un reality o ser tronista, pero los padres siguen prefiriendo el funcionariado para sus hijos, porque el reality conlleva prótesis mamarias y hacer edredoning delante de todo el país. Llevo toda mi vida oyendo el consejo de padres y madres diciéndoles a sus hijos que primero se busquen un trabajo (a ser posible, que opositen) y luego escriban, cultiven bonsáis, pinten, sean actores, o lo que sea. Yo nunca he visto la literatura como un modo de vida. Tampoco la mayoría de los futbolistas federados son Cristianosronaldos. Siempre me he ganado la vida y he escrito, como han hecho todos los escritores con los que tengo afinidad, de antes y de ahora. Cuando gané el Cajamadrid era teleoperador en PCCity, y seguí siéndolo, a pesar de que Pote Huertas, que era editor de Lengua de Trapo entonces, me sugirió la genial idea de que dejara el trabajo y me dedicara un año a escribir «una novela de puta madre». Yo le dije: «bien, supongamos que dejo el trabajo, y durante este año escribo una novela de puta madre, cuando te la entregue, ¿me darás otros 15000?» y él, claro, se descojonó en mi cara. Afortunadamente no le hice caso y seguí formateando los ordenadores de los clientes por teléfono mientras sacaba tiempo para escribir novelas que después no me ha publicado Lengua de Trapo. Imagínate que le hago caso y me quedo sin trabajo, sin lengua y sin trapo. La mayoría de las biografías de los escritores suele ser la historia de cómo consiguieron sacar tiempo para escribir, y las de las escritoras, ya ni hablamos, porque además añadían a la condición de escritora la condición de mujer, con lo que eso ha significado históricamente. En cualquier caso, la culpa de la imagen de los escritores alejados de la sociedad la tienen los propios escritores, pero no creo que sea distinto en el gremio de los fontaneros, los futbolistas, los políticos o los actores. No me imagino a Sergio Ramos o a Soraya Sáez de Santamaría en el metro, y sin embargo sí me puedo imaginar a Muñoz Molina, Almudena Grandes o Rosa Montero por citar al «famoseo» literario. Yo creo más bien se percibe la literatura como algo pesado y aburrido, denso, más que lejano y que la mayoría de los escritores, tomados uno a uno, y cuando no hablan de literatura, son buena gente. Pero lo mismo pasa con los fontaneros, los conductores de autobús o los actores. Respecto a tu pregunta de por qué los niños sueñan con ser Cristiano Ronaldo te diré una cosa: si se presentara el mismísimo Diablo aquí y me dijera: «te doy a elegir entre marcar el gol de la victoria en el minuto 116 de la final de la Copa del Mundo o entre ganar el Planeta con la mejor novela del último medio siglo» (Los campeones del mundo se embolsaron también 600.000 €), yo, sin dudarlo, elijo ser Iniesta.




P.L.: Y si en verdad se presentara el diablo dispuesto a comprar nuestra alma, ya sea por una Copa del Mundo o por el Planeta, ¿qué canción pondría música su propuesta?

MAM: Pues otra vez había pensado otra, pero creo que a ese pacto con el Diablo le iría como anillo al dedo Metamorfose ambulante, de Raul Seixas: «Eu quero dizer agora o oposto do que eu disse antes prefiro ser essa metamorfose ambulante do que ter aquela velha opinião formada sobre tudo».


That's all, folks!
(Mañana, más)

Miguel Ángel Maya
23 de enero de 2014

*

miércoles, 22 de enero de 2014

GRANITE & RAINBOW & SIETE DÍAS III

 (Viene de aquí)
...Y bien, aquí, para quien guste, la tercera entrega del juego (que muy pronto aparecerá en Granite & Rainbow, de la mano de Pedro Larrañaga)...




Miércoles, 11 de diciembre de 2013



Pedro Larrañaga: Esta noche he soñado con esa pelirroja con su abrigo negro (un sueño muy literario, eso sí). En el sueño, levantaba la cabeza de su libro de Xavier Velasco y se acercaba a mí para preguntarme por esos libros capaces de ensimismar a Miguel Ángel Maya, capaces de hacer que la realidad no importe, por mucho que en ella haya una pelirroja con un abrigo negro deseando conocer el título de ese/esos libro/s. Como en el sueño no estabas tú, te traslado su pregunta.

Miguel Ángel Maya: Curiosamente no han sido muchos, pero han sido cruciales… De pequeño conseguía ensimismarme más y me bebía los libros de Barco de Vapor. Con trece años leí La insoportable levedad del ser y recuerdo que estuve años obsesionado con ese libro, también me atraparon los cuentos de Cortázar, las memorias de Anaïs Nin, Así habló Zaratustra, o El lobo estepario (que me leí en Matalascañas, lo cual supuso un importante contraste entre mi entorno y el libro). Me atrapó en su momento el Lazarillo de Tormes y El Quijote, libros que llegué a usar como bálsamo para la risa, y gracias a los cuales me di cuenta de que la literatura y el hedonismo no tenían por qué estar reñidos. Poco a poco, a medida que vivía y leía, he ido perdiendo esa inocencia o capacidad de entusiasmo por los libros, lo cual me jode. Mi largo viaje por Latinoamérica también me supuso un descubrimiento literario, especialmente en Ciudad de México, Bogotá y Buenos Aires: allí leí a autores como Andrés Caicedo, El Traductor, de Salvador Benesdra; Basura, de Abad Fanciolince; Los siete locos, de Roberto Arlt, y Rayuela, de Cortázar, que empecé a leerme en la hamaca de un barco por el Amazonas y me terminé de leer en el barco que me llevaba de Colonia hasta Buenos Aires, acompañando el regreso de Horacio a Buenos Aires a medida que yo la descubría. Se trató de una experiencia muy psicodélica. En Nápoles, después de terminar mi tesis y tras haberme pasado dos años leyendo sólo ensayos, me dediqué durante año y medio a leer compulsivamente ficción: me atraparon Varamo, de César Aira y, después de mucho tiempo sin emocionarme con una novela con la inocencia de cuando no había leído nada, leer Los detectives salvajes me devolvió una suerte de fe: me acostaba leyéndolo, me levantaba deseando ponerme a leerlo; lo leía en el baño, en el trabajo, en los bares. Después de eso he leído buenos libros, pero los últimos que me han dejado sin aliento han sido Llámame Brooklyn, de Eduardo Lago, y Los ingrávidos, de Valeria Luiselli. De todos los libros que he nombrado, igual hay muchos que literariamente no tienen mucho peso, pero me marcaron por diferentes causas y circunstancias, me marcaron personalmente, o al menos consiguieron que no me importara nada más que lo que pasaba en sus páginas. 



P.L.: ¿Qué ha de tener un libro (o una obra, sea cual sea el formato) para dejar sin aliento a un lector? Mejor aun, ¿qué pone Miguel Ángel Maya en un libro (o en una obra) para dejar sin aliento a un lector?

MAM: Mi primer editor, Pote Huertas, me dijo una vez: «es mejor que un lector termine tu libro y a continuación se cague en tu puta madre y pida que le devuelvan el dinero a que lo deje por la mitad aburrido». A mí, como lector, me gana para siempre un autor que diga las cosas de una manera diferente; que aunque toque los mismos temas que llevan inquietando a la humanidad desde que el mono se puso en pie, lo haga desde una perspectiva si no nueva, al menos sí diferente; que cuente cosas que no tenga la sensación de haber leído, que en las tramas pasen cosas que sólo pueda leer en esas páginas dichas de esa manera. Eso, que es lo que busco como lector es lo mismo que intento encontrar como escritor y es lo que más trabajo me da a la hora de escribir. Si tengo que elegir, prefiero un libro irregular, imperfecto, con errores, contradicciones, pero escrito de una manera diferente, usando un lenguaje diferente y original, mil veces antes que uno con una estructura redonda y medida, pulcro, perfecto, pero con una trama y una forma de contarla que me deje frío. Eso mismo es lo que valoro de las personas o de las ciudades, de modo que es algo que excede la cuestión estética para convertirse en una cuestión íntima y personal. Una vez escuché a Fogwill decir que cualquier autor puede escribir una frase de mil maneras y usando cualquier palabra, pero su habilidad como escritor no reside en elegir las palabras adecuadas sino en hacerle creer al lector que las palabras que él ha elegido para formar la frase son las únicas que podía usar en esa frase. Conseguir eso como autor y no darte cuenta de ello como lector sería lo aconsejable, pero es muy difícil. Por cierto, otro de esos libros que me dejaron sin aliento y que me han devuelto la fe como escritor ha sido Los pichiciegos, del señor Fogwill, que antes se me pasó. 



P.L.: ¿Debemos concluir entonces, que en ese eterno duelo entre «el qué» y «el cómo» (el contenido y la forma) sale vencedor «el cómo»?
MAM: No. Yo creo que habría que ir un paso más allá y cuestionarse ese duelo. Si nos fijamos bien, estas diferencias platónicas que nos sirven como muletas para apuntalar nuestros misterios inefables e indescifrables (hablo de la diferencia entre el cuerpo y el alma, entre el continente y el contenido, entre el sentimiento y la razón) son básicamente un simulacro, una mentira, un modo de mirar hacia otra parte respecto a los temas que como humanos nos inquietan, nos mueven, nos zarandean. Todos nuestros conflictos nacen precisamente del hecho de que ninguno de esos conceptos está realmente separado del otro salvo de forma retórica o metafórica, y eso nos sirve como coartada: «Es que mi razón me pide que me quede con mi mujer y mis tres hijos y mi corazón me dice que me vaya con la mujer de la que me he enamorado». Pues no, amigo platónico, tienes un problema bien gordo y lo tienes todo tú, no compartimentos de ti. El conflicto entre el «qué» y el «cómo» es tan falso como el de «razón» y «sentimiento». No existen por separado. Son indivisibles, existen sólo metafóricamente, retóricamente: cualquier cosa que se diga es lo que es por cómo se dice. A menos que pudiésemos manejarnos sólo con ideas puras, no siendo así, estas necesitan del lenguaje para existir, por ello cualquier idea cambia según cómo se diga, y cambia esencialmente, alterando su significado, su intención, la estructura misma de la idea que se quiere decir, del mismo modo que cambia lo que se dice según el idioma en que se diga. Pensamos según los códigos de un determinado lenguaje y escribimos del mismo modo. Cuando estoy escribiendo, el «qué escribo» y el «cómo lo escribo» nacen simultáneamente y son dos cosas inseparables en mi elección como autor. Sólo los impostores trabajan por separado esos conceptos e intentan por todos los medios que esas metáforas impregnen nuestra existencia cotidiana de modo que nos sea más fácil soportarnos o esquivar nuestros conflictos como humanos.  



P.L.: Falsos conflictos, impostores, simulacros, mentiras, inquietudes… un cierre lleno de adrenalina para este tercer día de conversación. No sé por qué, pero casi estoy visualizando esa pelea en un bar del lejano oeste, con platónicos, sofistas, farsantes y apasionados de la forma (entre los que debo confesar que me encuentro) lanzando y esquivando golpes (todos golpes literarios). ¿Qué canción le pondría la BSO a esa pequeña porción de una batalla que lleva siglos librándose?

MAM: Pues había pensado en otra, pero como las interpretaciones que Jacques Brel hacía de sus canciones en vivo me dan la razón (dicho esto con una sonrisa en la boca y tono de broma mientras pido un whisky en ese Saloon de Western), elijo Ces gens là, de Monsieur Brel, a quien adoro. 

...So, that's all, folks...
(Mañana jugamos otra vez)

Miguel Ángel Maya
22 de enero de 2014

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martes, 21 de enero de 2014

GRANITE & RAINBOW & SIETE DÍAS II

(Viene de aquí)
...Y bien, prosigamos: aquí la segunda jornada del juego entre Pedro Larrañaga, colaborador de Granite & Rainbow, y Monsieur Moi...





Martes, 10 de diciembre de 2013


Pedro Larrañaga: De nuestra conversación de ayer, me han quedado varias ideas revoloteando por la cabeza. Sin embargo, hay una que ha terminado venciéndolas a todas, la de «escritor del siglo XXI». Puedo hacerme una imagen de un escritor del siglo XIX, incluso otra de un autor del XX, pero ¿cómo reconocería a un escritor del siglo XXI?

Miguel Ángel Maya: La verdad es que es una pregunta muy interesante y no estoy seguro de haber pensado detenidamente sobre ello. El siglo XXI está caracterizado, al menos en nuestros países del primer mundo, por lo digital, con todo lo que eso conlleva en cuanto a posibilidades de información e inmediatez. Las historias se han desplazado en muchos casos hacia el audiovisual: es por ejemplo en las grandes series de HBO donde hemos podido disfrutar últimamente de las mejores historias largas (con largas, entiendo ese tipo de historias que requieren de varios días o de muchas horas para ser vistas por completo) escritas por extraordinarios guionistas. Cuando estuve estudiando guión de cine, me sorprendía que la distinción entre escritor (novelista, por ejemplo) y guionista no existe de una manera tan diferenciada en el mundo anglosajón. En lo que a mí respecta, tengo la sensación de que lo que yo estoy incubando ahora mismo, en lo que llevo trabajando desde hace tiempo, va un poco por ahí: lo ideal es usar toda la artillería pesada de la que pueda echar mano a la hora de escribir una historia y que esta no necesariamente tiene que terminar en un libro: las historias en las que trabajo actualmente pasan por el cine, por la música, por la ilustración, por la creación de un nuevo lenguaje, por la combinación de todo aquello que me sirva para darle forma a un discurso que puede terminar en un libro, sí, pero también puede trascenderlo. No sé si eso es ser un escritor del siglo XXI, pero sí tengo el convencimiento de que la literatura supeditada al libro es tan obsoleta como el petróleo o el arte del toreo. Yo soy consumidor voraz de literatura y de libros y tengo un coche que funciona con gasolina, de modo que no estoy diciendo que el libro esté muerto ni nada por el estilo, pero sí creo que las historias tienen que ser capaces de trascender el formato libro sólo usado como recipiente de palabras. El libro puede ser algo más que eso, y el siglo XXI nos está obligando a replanteárnoslo.



P.L.: Con esta respuesta, y con las de ayer (en las que mencionaste la distancia entre la escritura y la publicación, la diferencia entre «lo que quiero contar y lo que quieren publicar»), me queda la sensación de un Miguel Ángel Maya muy volcado en el polo escritor de ese eje «escritor-lector». Hemos leído y escuchado muchas veces expresiones como «mis lectores», «el público» y otras semejantes en las que parece ponerse el acento en el otro eje de ese polo. ¿Crees que existe esa diferencia de enfoque a la hora de crear (de escribir)

MAM: Igual mis respuestas te han dado esa sensación porque me he centrado en hablar acerca del proceso de escritura, de la acción de escribir, pero como lector lo único que no soy capaz de perdonarle a un libro es no ser tenido en cuenta por el autor. La escritura no deja de ser una forma de comunicarse y no tiene por qué ser unidireccional: esa era mi intención cuando en Últimas 2 horas y 58 minutos cometo la torpeza de facilitarle al lector la dirección del email de Laura Mascherano para que el personaje, sin intermediarios, prosiga con la historia si ella quiere seguir contándosela. Laura se enfadó mucho conmigo, pero en el fondo le gustó que le diera esa libertad. Enseguida detecto la escritura que prescinde del lector o la que lo trata como imbécil, que es una forma de prescindir de él. Incluso tengo la sensación, a menudo, sobre todo en las redes sociales, de encontrarme con entusiasmos literarios de lectores que me recuerdan a esa gente que se aburre en las fiestas pero sobreactúa fingiendo que se lo está pasando bien y gritan y se ríen de forma estridente para hacer que se lo pasan bien. Buena parte del problema del arte que se hace en España, sobre todo el que produce la gente joven, es paradójicamente no tener en cuenta al receptor del mensaje artístico, o bien tratar a ese receptor como retrasado mental. Es lo que yo llamo el Artista Vasile (por el dueño de Tele5), o productor de Arte Vasile, que es aquel que ambienta su cortometraje en un bar de Malasaña y cuyos personajes no sabemos nunca de qué viven. Si uno escribe sin tener en cuenta a los lectores, mal asunto. Para mí, al menos, es esencial, y como tengo pocos lectores casi les pongo rostro y me imagino las circunstancias en que leen lo que escribo. Se diría que les susurro al oído mis historias.




P.L.: «Casi le pones rostro», me gusta esa idea. Lo comentaba hace no mucho con la directora de G&R, recordando algo leído en algún lugar (el dónde no importa), texto en el que se aseguraba que un escritor/a siempre escribe para alguien en concreto (una persona física, con nombre, rostro, manías, gustos, prejuicios…). ¿Para quién escribe Miguel Ángel Maya?

MAM: Es una pena que ahora no encuentre los enlaces, [eso fue lo que respondí, pero los enlaces son este, este y este] pero le he dedicado algunas entradas en mi blog al rostro del lector, y varias personas que han leído alguno de mis libros me han dejado comentarios muy interesantes por lo que se identificaban desde el otro lado con la intuición mía desde este lado. En este vídeo Bolaño contesta de una manera muy interesante a esa pregunta.

No tengo la sensación de escribir para alguien sino más bien de escribir teniendo en cuenta a ciertas personas: temo defraudar a mi padre, que es mi mejor y más sincero lector; temo que mis parejas o mis familiares cercanos me llamen farsante o que en lo que escribo encuentren talones de Aquiles o demasiada biografía; me pregunto, cuando hago trampas, qué pensaría Manuel Puig si me viera haciendo trampas; o si le gustaría a Billy Wilder o a Roberto Bolaño lo que escribo. Con todo eso escribo, pero no para alguien. Una vez, sin embargo, iba por la estación de Atocha y vi a una chica de unos treinta años, pelirroja, con un abrigo largo, negro, sentada a una de las mesas, con un bolso en la mesa y una taza de café, leyendo un libro ensimismada. Creo que era Diablo guardián, de Xavier Velasco. Recuerdo que me quedé un rato mirándola y sentí cierta envidia de Xavier Velasco por cómo aquella chica estaba leyendo su libro, por el ensimismamiento y el disfrute que veía en ella. Cuando escribo y tengo la sensación de que eso que estoy escribiendo va a terminar inexorablemente en un libro, siempre imagino a una lectora parecida a aquella con ese libro en sus manos, resguardándose del frío en un café y en mi historia. 




P.L.: Y esa lectora, con su cabello pelirrojo, en una estación, con un libro en las manos y resguardándose del frío en un café en una estación (un martes, por supuesto), ¿qué canción tendría como banda sonora?

MAM: La calidez de Tom Waits le iría bien. Cold cold ground, por ejemplo.

...That's all, folks!
(Mañana, la tercera entrega del juego)

Miguel Ángel Maya
21 de enero de 2014

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lunes, 20 de enero de 2014

GRANITE & RAINBOW & SIETE DÍAS I

...Pedro Larrañaga, colaborador de la revista G&R me propuso en diciembre el siguiente juego para el próximo número: una conversación tête à tête, salvando cibernéticamente las distancias físicas que nos separan entre el norte y el sur del país, que tendría que desarrollarse a lo largo de siete días. Empezamos el lunes 9 de diciembre y terminamos el domingo 15. No había más reglas que preguntarnos y contestarnos lo que consideráramos oportuno y que, al final de cada día, tenía que recomendarle una canción...
...Las voy a ir colgando por aquí en diferido (en concreto 43 días en diferido) aprovechando que G&R saldrá en estos días...
...Bien, agradecido por haber pensado en mí, ahí va la primera de las siete entregas, condimentada con imágenes y otros aderezos... 




Lunes 9 de diciembre de 2013



Pedro Larrañaga: Hemos escuchado a muchos escritores decir que «se le aparecen las historias o tal y cual personaje». Sin embargo, otros muchos apelan al método, a la búsqueda. En el caso de Miguel Ángel Maya, ¿las historias están ahí, se aparecen, o te dedicas a buscar y rascar hasta dar con ellas?



Miguel Ángel Maya: En mi caso, no sé si sería correcto decir que se me aparecen las historias, más bien diría que cultivo una especie de mundo paralelo donde esas historias siguen su camino, su vida, su desarrollo, su curso. Eso incluye por supuesto a los personajes, las calles, los lugares. Son personajes que vivían sus vidas y les sucedían cosas antes de aparecer en un libro, y les siguieron pasando cosas y viviendo sus vidas después del libro. No puedo despedirme de los personajes que ya están ahí, ni tampoco de las historias que alguna vez estuvieron ahí. De ahí que considere que un libro es una especie de punta del iceberg, de fotografía de un momento concreto del estado en que se encuentra ese mundo paralelo que ha seguido su curso casi sin yo querer. En realidad creo que todo el tiempo estoy dándole vueltas a las mismas historias, y las nuevas que se suman a esas lo hacen siempre en relación. Por ejemplo, a veces me pregunto qué habrá pasado con ciertos personajes de los que hace tiempo no sé nada, a veces me pregunto por qué no les pedí el teléfono o un correo electrónico en su momento, para preguntarles de vez en cuando qué tal les va la vida y ver si puedo contar con ellos para la siguiente novela. 







P.L.:Ese tipo de «acercamiento» a las historias, parece encajar punto por punto con tu obra El hombre que decía haber salvado a Rebeca B. Sin embargo, para un lector, Últimas 2 horas y 58 minutos transmite otra sensación, algo así como una ‘road movie’ con reflejos personales que el autor necesitara «sacarse de encima» (con todo lo impreciso que eso resulta). ¿Podríamos decir entonces que, al igual que evoluciona tu escritura, tu forma de construir, evoluciona también tu búsqueda de las propias historias?



MAM: Esta es una pregunta muy interesante que requiere de una contestación algo complicada: ese «acercamiento» a las historias existe siempre y está vivo, y como todo lo que está vivo, está en continua evolución y en continuo cambio. Su peculiaridad y su principal problema es que no necesita ser escrito para que la historia siga su curso. El libro es anecdótico. Mi principal conflicto con la escritura tiene que ver precisamente con este discurso literario, que considero que está por encima de las únicas dos muestras de que dispone cualquier lector: Últimas 2 horas y 58 minutos y El hombre que decía haber salvado a Rebeca B. En el primer libro, como bien dices, necesitaba sacarme cosas de encima y quería publicar, pero es un libro realmente endeble desde el punto de vista de mi discurso literario. Esto lo vivo como una contradicción, porque supuestamente esa era mi carta de presentación e hice lo que quise, escribí el libro que quise, lo publiqué con la editorial que yo quería, gané un premio que pensaba que me abriría puertas, y me dio un colchón económico que para un teleoperador no estaba mal, el problema es que tengo la sensación de que esa carta de presentación la eché a perder desde el punto de vista de mi discurso literario, por eso pasaron casi cinco años entre ese libro y El hombre que decía haber salvado a Rebeca B., y en esos cinco años pude replantearme muchas cosas tanto personales como acerca de mi propio discurso literario. En ese tiempo me habría sido muy fácil escribir cada año una novela de 160 páginas contando un desahucio, una historia sexualmente sucia, algo con trasfondo político o una correcta historia de amor con sus conflictos y sus puntos de giro. Quizás Lengua de Trapo me las habría publicado, y yo sería un escritor más, con unos libros tan anodinos que daría igual que estuvieran publicados o no (de hecho da igual, y no están ni publicados ni escritos, como otros sí están tanto publicados como escritos). Escribir un libro es fácil, el problema es construir ladrillo a ladrillo un edificio que sea el reflejo de un discurso literario y de una búsqueda, mucho más compleja que escribir, mucho más intensa que escribir, con muchas más implicaciones que escribir. De esas búsquedas surgieron novelas inéditas o libros fallidos pero con un discurso literario mucho más interesante que los que dejan entrever Últimas 2 horas y 58 minutos o El hombre que decía haber salvado a Rebeca B., pero también son discursos más arriesgados y radicales que están contenidos en libros con los que, en realidad, he naufragado o contra los que no he podido. Por eso nadie los ha publicado. Es más, salvo un par de editores, la mayoría de esos editores (incluidos los que eran mis editores) ni siquiera me ha contestado, luego entiendo que es un discurso literario que no interesa lo más mínimo. Al mismo tiempo, no puedo evitar sentir cierta vergüenza respecto al mundo editorial si pienso que lo único que he conseguido publicar han sido esas dos obras, dos libros absolutamente prescindibles. Afortunadamente tengo la suficiente insignificancia literaria como para seguir experimentando con mi discurso, y mostrando públicamente, de cuando en cuando, cómo va evolucionando. En cualquier caso siento que El hombre que decía haber salvado a Rebeca B. se acerca más tanto a lo que soy como a lo que se puede considerar un debut literario. No sé si he contestado realmente a la pregunta. 





P.L.: Me encanta la idea de la distancia entre «el discurso literario» y sus reflejos (los libros) porque habla de un concepto de «escritor» mucho más amplía que la de «escritor que publica». En ese caso, entiendo que tenemos la misma distancia entre el «Maya que escribe» y el «Maya que publica». Conocemos al «Maya publicado», pero ¿qué nos podrías decir el «Maya que escribe»?



MAM: Bueno, como bien dices, entre los verbos «escribir» y «publicar» hay, en mi caso, mucha distancia. Paso buena parte de la semana escribiendo y el montante de páginas publicadas hasta ahora no llega a las quinientas. Es una distancia casi insalvable diría yo, y que me produce inquietud y, a veces, frustración. De todas formas creo que en la mayoría de los escritores es así. No me gusta que haya tanta distancia entre esos dos Maya: el Maya que escribe es infinitamente mucho más interesante que el Maya que publica porque el Maya que escribe está todo el tiempo buscando algo, intentando edificar algo, mientras que el Maya que publica se limita a constatar, cuando el libro ya se ha convertido en un objeto y por lo tanto ya nada tiene remedio, que tampoco esta vez ha conseguido encontrar lo que andaba buscando. Escribir es buscar mientras que cuando se publica se expone lo que se ha encontrado. Lo que ocurre es que buscar es mucho más rico e interesante que encontrar. La búsqueda te obliga a moverte, a cuestionarte, a documentarte, a salir, a leer, a viajar. Por otro lado, es algo que no depende sólo de mí, sino también de quien tiene la posibilidad de publicar o no hacerlo. Si yo fuera un editor que hubiera leído todos mis manuscritos, quizás no habría publicado los dos que se han publicado y sí habría publicado otros en los que esa distancia entre lo que se busca y lo que se encuentra es mucho menor o en los que hay una apuesta literaria mucho más arriesgada en la que me juego el cuello o me implico mucho más desde las vísceras o desde la técnica. Creo que como escritor del siglo XXI que soy tengo la obligación de montar mecanismos y entramados literarios nuevos, discursos literarios nuevos, formas narrativas nuevas, novelas que no suenen a viejo, artefactos que no me parezca haber leído ya. Tengo esa obligación pero paradójicamente he publicado dos libros que no responden absolutamente a este discurso que estoy diciendo, luego algo falla en todo esto; algo falla a la hora de poner en marcha la legitimación de este discurso cuando escribo ficción. Como lector, me encuentro en la inmensa mayoría de los casos con que la gente que se puede considerar de mi generación (un poco más jóvenes o un poco más mayores), yo incluido, y salvo algunas excepciones, tenemos un discurso literario alarmantemente conservador en los libros que hemos publicado. A veces me refugio inconscientemente en la estúpida idea de que la culpa no es nuestra sino de una industria editorial que pretende domesticarnos a todos, que está formada por editores viejos y cansados, con esquemas mentales y visiones de la literatura tan ancianas como ellos, que rechazan los riesgos y bla bla bla, pero hoy en día la industria editorial, la mastodóntica y represiva industria editorial, pinta muy poco, y nos encontramos con que lo peor se está publicando en las editoriales pequeñas y sexys, supuestamente formadas por editores jóvenes y sexys de mente abierta que consideran que Herralde y Beatriz de Moura son animales mitológicos que hay que venerar pero que tienen muy poco que decir hoy desde el punto de vista editorial, animales mitológicos cuyo mejor tiempo ha pasado ya. Bien, esas editoriales pequeñas y sexys deberían arriesgarse porque al contrario que Alfaguara o Planeta no tienen nada que perder y porque la edición digital es sumamente barata y porque no pagan anticipos a los autores y porque los autores que publican en ellas son jóvenes; sin embargo, en esas editoriales seguimos encontrándonos con discursos literarios absolutamente viejos, pronunciados por escritores de veinte y treinta años, jóvenes escritores que tienen discursos literarios muchos más viejos que Herralde o Beatriz de Moura, que nos demuestran con ello que siguen teniendo mucho que decir y que no son tan viejos como creíamos. Y eso es un problema (no que Herralde sea menos viejo, sino nuestro conservadurismo). Y yo formo parte de él, como se puede comprobar en mis dos libros. 






P.L: Tras toda esta carga de crudeza, creo que sólo se puede echar el cierre a este primer día. Sólo una petición más: una canción. Una canción para empezar, para un comienzo, para un lunes, para el primero de siete días. Y, además, un millón de gracias.
 
MAM: Como primera canción para este primer día de preguntas elijo Amico fragile, de Fabrizio de André. Es una canción que me inquieta y me emociona a partes iguales. Muchísimas gracias a ti.


That's all, folks! 
(Mañana más)

Miguel Ángel Maya
20 de enero de 2014

P.D. La primera foto está sacada de aquí.


viernes, 17 de enero de 2014

CUÍDAME TU VIDA


...Mañana, a las 12, en La Seta Coqueta de Sevilla, es la inauguración de esta suave dentellada llamada Cuídame tu vida, una exposición de los últimos dibujos de Ana Maya, que en uno de los reversos de la vida que me cuida es hermana y en el otro es artista...



Ana Maya es a un tiempo matriz y lactante. A la manera en que se graban los pasos, sin pretenderlo, ha ido nutriendo un proyecto vital a medio camino entre lo artístico y lo fisiológico, esculpiendo su seno en plata y alabastro hasta encontrarse; imprimiendo en cerámica el intangible cordón umbilical que une la esencia con el arte. Ahora nos trae un fragmento de su experiencia, que no es otra cosa que la negativa de Ana a ver el arte como un objeto inerte y representacional: un nuevo lenguaje que concede a su obra la asunción de significado, el don de la mediación, la ternura y la media lengua que requiere el diálogo entre el artista y el espectador, sublimando en todas sus acepciones el motivo y el sentido último de la palabra crecer. Estas series de dibujos, “Niña de Leche” y “Cuídame tu vida”, se exponen por primera vez en Sevilla para dejarse mimar con una muestra de su particular y cálido universo. 
Raquel G. Otero

Miguel Ángel Maya
17 de enero de 2014

miércoles, 15 de enero de 2014

IL CIELO IN UNA STANZA



Quando sei qui con me
questa casa non ha più pareti
ma alberi, alberi infiniti...

Gino Paoli





…Camino bajo el cielo agrio y centroeuropeo de Madrid…
…Desando el camino. No lo había imaginado así, intento verbalizar en una especie de monólogo interior. Me acuerdo del protagonista de La grande bellezza caminando solo por las calles nocturnas de Roma. Al final ella abre la cancela. Ya intuyo por el fondo de sus ojos que la sintonía es otra: es curioso cómo se pueden ver las cosas de forma tan distinta, cómo uno puede percibir al fondo de los ojos desde dónde mira quien nos mira. Es curioso lo sutiles que son estos detalles. Desando el camino y recorro los pasos, las cuestas, las palabras los gestos, e intuyo que no, que era evidente que así no…
 




…Se trata de un entusiasmo de perro: la pelota rueda y el perro echa a correr. Siempre he sido perro. Quiero bailar, volar, como en la bujería de Paco de Lucía. El entusiasmo es así. Desando el camino bajo el frío de Madrid. El entusiasmo es simple. No hay mucho más. No hay una explicación más elaborada que ese gruñido, esa sonrisa de vuelta. Me acuerdo de la voz de Mina y de la canción de Ennio Morricone: “Se telefonando io potessi dirti addio ti chiamerei”. El entusiasmo no necesita de más cálculo ni verbo. Es. Sin más. No tiene más historia. Ya no calculo. Digo. Hago. Supongo que perdí demasiado tiempo en esos miedos, en ese darle vueltas, en ese rumiar los pros, los contras, los efectos. Supongo que me perdí mucho más de lo que creo que perdí con esa prestidigitación estéril. Me han bastado unas cuantas sonrisas para sentir que sí, que igual poco a poco sí, que igual un poco sí. No siempre entiendo bien estas señales. Tampoco es cuestión de darle más vueltas. La vida es compleja porque es vista desde unos doce mil millones de ojos, unos dos por cada uno de los seis mil millones que somos... pero también en el fondo es simple. Y sí, muchas veces es mejor dejar que ciertas vidas se vayan de tu lado. Es incluso más simple que eso. Hay vidas que importan y vidas que no importan. La historia del mundo, de los mundos, se ha ido escribiendo un poco así, supongo: lo difícil, si uno lo piensa bien, es coincidir en ciertas miradas. Y tampoco pasa nada si no se coincide. No sé. Habría estado bien, pienso, y el entusiasmo igual se queda un poco huérfano, pero poco más. Tiendo a pensar que habría sido un buen amigo de Manuel Puig o de Roberto Bolaño, sólo por mi sensación de intimidad con lo que escriben. También sé que tengo una comunión casi enfermiza con la desesperanza de Pasolini, pero que si hubiéramos coincidido vitalmente me habría hecho daño. Uno puede disfrutar sin más de esa prosa, de la intimidad y la calidez de un texto, de una visión del mundo. No hace falta, ni mucho menos, merodear por la vida de quien escribe esos textos. Sería bonito, sí, pero no hace falta…





…Me encuentro con M. y tomamos un vino. Llevo todo el día acordándome de diálogos enteros de La grande bellezza: me acuerdo, por ejemplo de ese que dice “Le radici sono importanti”. Me acuerdo del mar en el techo, del barco surcando ese mar. Hablamos de Pasolini. M. me dice que tengo que seguir con eso, no soltar la presa. M., me digo mientras la oigo hablar con su acento levemente napolitano, es alguien que merece la pena. Le entrego mis dudas sobre la investigación. Nos apostamos un vino acerca de la nacionalidad del camarero. Pierdo la apuesta. Le digo que estoy perdido. Ella está escribiendo una tesis y la metodología de su investigación está impregnada por ese objetivo. Lo mío ya no puede ser una novela, porque estoy descubriendo demasiadas cosas a partir de las cuales ya no puedo, moralmente, construir una ficción. Lo mío sólo puede ser un trabajo de investigación de un crimen y un contexto. Me pregunta si he visto La grande bellezza. Le digo que llevo todo el día pensando en esa película. Me gustan estas coincidencias. Es bonito cuanto te sientes bien con alguien, cuando el tiempo es como de terciopelo o de alcohol y fluye. La sonrisa de M. y hablar en otra lengua que alguna vez fue mía. Vuelvo con el gusto a vino en el paladar. Camino lentamente hasta Atocha. Ahora me imagino las calles de Berlín y me acuerdo de la voz cálida de Lou Reed. Hace frío. En el sur se olvida el gesto de hundir tu propio cuello en el del abrigo, el gesto del vaho caliente en la bufanda, el calarse la gorra, las manos en los bolsillos. El sur invita a desvestirse con sutileza. En el tren escucho conversaciones, veo ojos tristes, leo en el kindle Almirante Cero, la biografía no autorizada de Miserable Massera que escribió Claudio Uriarte en 2001. Apunto algunas cosas. Los leotardos verdes de una chica pelirroja me parecen una buena razón para desistir de leer y de escribir. Dejo de leer y de escribir…







…Me levanto por la mañana y camino bajo una lluvia fina. Me he venido a trabajar a casa de L. Traduzco en casa de L. No hablamos mucho. L. tiene un manuscrito en su atril y lo llena de tinta roja. L. hace lentejas. En la encimera está a medio leer Técnicas de iluminación, de Eloy Tizón. L. se marcha y yo me quedo solo. Abro el libro y leo “El cielo en casa”. L. dice que es el relato preferido de E. y además empieza con la traducción de una de mis canciones preferidas de Mina. Leo el cuento mientras como lentejas en la cocina. Leo esto:

[…] y el destino me brindaba una segunda oportunidad (¿la última?) para enmendar los errores del pasado, a mí, una simple pintora con zapatos de suela gorda de goma, como he oído que pasa durante el rodaje de una película la primera toma sale mal y se vuelve a repetir una y otra vez hasta que sale bien, y a las tomas defectuosas se las arrincona o destruye y por eso se las llama tomas falsas. Por eso, porque no son válidas. Así se las llama. Menudo nombre.

…Sonrío. Los libros de Páginas de Espuma son suaves. L. ha hecho unas lentejas extraordinarias. Copio en mi libretita lo que acabo de leer. Acompaño a L. en el autobús mientras V. se come un bocadillo de salami. Llegamos a Lavapiés. Me despido de L. con un beso y un abrazo que llena mi cuello vuelto de su perfume. La miro marcharse de espaldas, subiendo la cuesta. Me acuerdo de Mafalda, en una viñeta, cuando dice eso de "buen tipo este Felipe"...
...Y vuelvo a desandar caminos. Atravieso Lavapiés hacia Atocha. Todavía cambio ciertas aceras y sorteo ciertas calles, según mis fantasmas. Todavía, como dice K., tengo que reconquistar Madrid. Then we'll take Berlin...

Miguel Ángel Maya
13-15 de enero de 2014

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viernes, 10 de enero de 2014

CRÓNICAS


...A veces encuentro papelitos donde he apuntado cosas que tenía que recordar y que había olvidado hasta que el papelito me las trae...
...A menudo no entiendo mi letra y leo aproximaciones de aquello que tenía que recordar o recuerdo algo que no tiene que ver ni con lo que tenía que recordar ni con lo que he olvidado: ese brindis al azar me interesa a menudo...
...Tengo entradas escritas y empezadas para este blog: una de ellas se titula "Desacato a la perplejidad" y otra "El sexo de la lengua", pero estoy ultimando cosas y no siempre tengo tiempo de poner algo más allá que algún desgastado apunte poético: empieza el año y siento que se van concretando cosas; todo es difuso, pero se van concretando las semillas, algo empieza a germinar: dos libros, la aventura editorial, la preparación del rodaje, la búsqueda de actores, las botas rotas, los saltos mortales...
...Ultimo las traducciones y el prólogo para la reedición en España de la Falsa antología completa de los poetas incendiarios. Tengo ganas, después de tantos años trabajando en la antología y después de lo que pasó con Sylvia Eleniak y Debrah Wycliffe. La coordino y la sangro. Ultimo también las traducciones y ordeno los papeles de esa especie de crónica con forma de novela basada en los relatos que publicó Joseph T. Gambolò en The New Yorker y en los años que pasó en Saint Simons y lo que sucedió allí mientras él estaba allí. Ya está ahí, casi asomándose al abismo. Casi puedo imaginarme el libro...
...Y el cine: por fin este año me adentraré en ese pantano a sorbos lentos y a pasos cortos...
...Empiezo a leer las crónicas de cine de Cabrera Infante. Leo algo sobre la poesía de no sé qué película de Fellini y no sé si entendemos lo mismo por poesía. Me fascina Cabrera Infante. Me da miedo a veces. Me devora, a veces...
...Me encuentro un libro de Anaïs Nin con algunas páginas subrayadas por quien era yo a los catorce años. Siempre que me encuentro con un documento semejante hago una prueba íntima: qué subrayaría yo ahora...
...Y me doy cuenta de que, a pesar de lo mucho que he cambiado y me he decepcionado, veinte años después sigo estando casi completamente de acuerdo con lo que subrayó ese niñato de catorce años...

Miguel Ángel Maya
9 de enero de 2014

P.D. La fotografía es “La Cantate du Narcisse,” (1934), de Laure Albin Guillot, y está tomada de aquí.

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domingo, 5 de enero de 2014

VIVER NÂO É PRECISO


...Navegar é preciso. Viver nâo é preciso...
...Y sí. Cae la lluvia sobre París, pero me escapé hacia otro lugar y no sirvió de nada porque todo el tiempo estaba en un mismo lugar, bajo una misma piel y en la misma ceremonia...
...Y si, yo te pido un favor, que no me dejes caer en las tumbas de la gloria...
...Anoche hablábamos de un proyecto de serie sobre la vida de Ava Gardner en España desde la perspectiva de sus criados. Hoy hablábamos de publicar por fin esa selección de poemas que me queman escritos por los poetas incendiarios. También bebíamos y me profundía en tus ojazos. Hoy caminábamos bajo las luces de París y la lluvia con toda su pirotecnia y sus rincones turbios. Hoy decidíamos que la próxima vez nuestros pasos tendrían la mirada de Bombay. ¿Era Pessoa quien dijo eso de Navegar é preciso, viver nâo é preciso?, me dices. ¿Pessoa?, digo sorprendido. No sé, lo dijeron Caetano Veloso y Lula Pena en Os argonautas. Quizás también lo dijera Chico Buarque en aquel memorable concierto en Rio de Janeiro. Cada vez que me sumerjo en el mar me acuerdo de esa canción, pero ahora pienso, de nuevo, en la aventura de volver a empezar, en París, con Pessoa o sin él...
...Volver a empezar desde la médula, digo...
...Un nuevo libro casi a punto, casi ya; una nueva canción, una nueva piel que celebrar, Ava Gardner insultando a Perón, el cielo agrio de París, el Universo derrumbándose a pedazos...
...Y, como un argonauta inquieto, navegar é preciso, viver nâo é preciso, y todo lo demás...

Miguel Ángel Maya
5 de enero de 2014

P.D. La foto es, creo, de Hull Trawlermen y está sacada de aquí.

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lunes, 30 de diciembre de 2013

LA BATALLA


...A menudo algunas cosas se rompen...
...Anoche leía el prólogo que escribió Rodolfo Walsh para Operación masacre, y sonaba jazz, y oía las respiraciones que me importan, el paso del tiempo y los desajustes, los pasos perdidos, la supervivencia, los desencuentros, las bocas que fuimos asesinando como vulgares asesinos en serie...
...Anoche pensaba que el entrelazarse de piernas y el jazz es lo mejor que nos puede pasar, y que no todo está perdido mientras se sobrevive de esa guisa, mientras uno le gana la batalla a la desolación y se levanta y lo vuelve a intentar, y lo vuelve a intentar, y lo vuelve a intentar, y lo vuelve a intentar mientras regresa con las últimas imágenes de su propio naufragio en las sienes, rítmicas y estúpidas...
...Haber sobrevivido a la batalla, volver a leer el prólogo de Rodolfo Walsh, sentir ese escalofrío espeluznante de seguir vivo...

Miguel Ángel Maya
30 de diciembre de 2013

P.D. La foto está tomada de aquí.

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