jueves, 23 de enero de 2014

GRANITE & RAINBOW & SIETE DÍAS IV

(Viene de aquí -que a su vez viene de antes-)
...Aquí la cuarta jornada del juego, donde por fin nos pusimos irreverentes...





Jueves 12 de diciembre de 2013



Pedro Larrañaga: Aquí estamos de nuevo, alcanzando el ecuador de esta semana de diálogo, momento ideal para reflexionar sobre lo hecho y lo que queda por hacer, lo que te adelanto que es mi objetivo para hoy. De todos modos, antes, una pregunta sobre una de las cuestiones que dejaste ayer, una de esas que dejan poso y me piden saber más.

Comentabas ayer que gracias al Lazarillo y al Quijote entendiste que Literatura y Hedonismo no estaban reñidas, una idea que casa con el objetivo del este número de G&R, en el que tratamos de quitar esa losa de seriedad que parece pesar sobre la literatura, la escritura y la lectura. ¿Por qué crees que será que escribir se ve como algo tan serio? Es más, ¿de dónde viene esa tendencia a ponernos tan serios cuando escribimos?

Miguel Ángel Maya: Creo que proviene del hecho de considerar la literatura como algo solemne, y el hecho de que la mayoría de la gente que se dedica a escribir considera que tiene que decirle al mundo algo imprescindible. Y basta este ejercicio: imaginarse a Vargas Llosa, cuando este le está diciendo al mundo cosas imprescindibles en una conferencia en la Columbia University, escribiendo en su casa, sin afeitar y con pantuflas. Un profesor mío de antropología decía que «no hay que fiarse de los intelectuales, porque son unos tipos que se creen todo lo que se le ocurre», y a mí eso me hace mucha gracia, porque no hay nada más ridículo que la solemnidad, alguien diciendo una gilipollez con voz grave y cara de estar diciendo algo muy profundo. Me gusta la irreverencia, tener la capacidad de reírse de casi todo, y más de uno mismo: yo, personalmente, no conozco a nadie más mamarracho que yo, de modo que se puede aprovechar el hecho de tener un mamarracho tan cerca. El excesivo respeto por la cultura suele traernos una cultura enconsertada, aburrida y conservadora. No digo que haya que hacer literatura humorística, sino tomarse con más ligereza el papel de uno mismo, sobre todo cuando está acreditado que uno es un pobre diablo y un mamarracho que escribe en su casa por las tardes, en pantuflas y sin afeitar, y además no se llama Vargas Llosa.



P.L.: Retomando la conversación, por un momento me ha parecido oír a ese señor en pantuflas y bata de casa, diciendo gilipolleces con voz muy grave, como si fueran algo muy serio, responder con un «escribo porque es lo único que sé hacer» a la pregunta fundamental (¿Por qué escribes?). Una respuesta que (biológica, física y antropológicamente) es una mentira. A fin de cuentas, esa persona, con pantuflas o sin ellas, podría estar haciendo mil cosas en vez de escribir. Miguel Ángel Maya, con pantuflas o sin ellas, podría estar haciendo mil otras cosas por las tardes en su casa en vez de escribir. Pero aun así escribe. ¿Por qué?

MAM: ¿Ves? incluso a la hora de contestar a esa pregunta, que debería tener una contestación muy simple, le intentamos dar un aura de solemnidad o de profundidad como si de nuestra acción, oh, de escribir, dependieran las cabezas nucleares o el deshielo de la Antártida. Las actividades que uno hace porque quiere entran dentro de esos verbos que tiene que ver con lo que nos gusta. ¿Por qué voy a la cocina, abro la nevera y cojo una cerveza? Porque sí, porque me apetece hacerlo. ¿Por qué los domingos por la tarde mientras veo una película me apetece chocolate? Igual, porque sí, porque me apetece. ¿Por qué me gusta la pasta y no me gustan las berenjenas? Yo tengo una serie de actividades que me gusta hacer y que necesito hacer, por placer, por salud, porque sí: cocinar, por ejemplo, ir a la cocina e inventar algo; la música (oírla, necesito constantemente oír música, o tocar el piano, sin más, ir, abrirlo, poner mis manos sobre las teclas y tocar, dar un concierto, sentir ese morbo de tocar en público); el cine (verlo, intentar poner en marcha por fin la producción de un cortometraje) y la literatura (leer, escribir). ¿Por qué? No lo sé. Me gusta abrir un libro y meterme en la historia que a un tipo se le ha ocurrido, ver qué pasa ahí dentro, ver qué dicen los personajes, qué hacen. Me gusta sentarme, encender el ordenador, poner música, abrir un documento y darle forma a una historia. Simplemente me gusta, me lo paso bien, me tranquiliza, me obliga a mirar dentro de mí, me obliga a entender a los personajes, a saber por qué hablan así y por qué hacen lo que hacen, me gusta sorprenderme o desilusionarme con lo que se me ocurre. ¿Por qué escribir? No tengo ni idea. Yo en concreto lo hago simplemente porque me gusta y me hace sentir bien, como me gusta tomarme un gin-tonic, ver jugar a Messi, caminar por París o nadar en el mar.



P.L.: Con esta respuesta, ya sabemos para quién escribe Miguel Ángel Maya (entre otras, para esa chica pelirroja de abrigo negro) y por qué escribe. Tenemos así dos de las patas sobre las que se asienta ese «escritor del siglo XXI» del que hemos hablado. Tenemos dos, pero nos hace falta una tercera para mantenerlo en pie. Un tercer pilar que podría estar tras la pregunta: ¿qué quiere dejar detrás de sí el Maya escritor?

MAM: Creo que una de las cosas que más valoro es la libertad. Y me gustaría seguir siendo libre, también como escritor. Me gustaría que mi escritura siguiera siendo coherente con lo que soy íntimamente, con lo que pienso, con mi biografía, con lo que me gusta y con lo que me preocupa. Me gustaría, sin tomarme demasiado en serio y dicho también con ironía, que mis libros sólo puedan ser míos, sólo pueda haberlos escrito yo, que no sean intercambiables por cualquier libro; no ser un autor más. Me gustaría que alguien esperara mis libros, que alguien los necesitara. Me gustaría tener la lucidez de saber cuándo tengo que dejar de escribir, cuándo no tengo nada más que decir, porque es algo que sucede. Tener los amigos que le faltan a Almodóvar para decirme «este libro es una mierda, vuélvelo a intentar», y mandar el documento a la papelera del escritorio. Me gustaría haberme dado cuenta antes de que hay que jugarse el cuello a la hora de escribir, pero que el mundo es mucho más que literatura y hay sacrificios que no hay que hacer por nada, ni siquiera por escribir. Me gustaría que Herralde me dijera: «tú escribe tranquilo, tómate el tiempo que quieras, que yo te voy a publicar lo que me des», y que el día que me vaya a la Polinesia con mi taparrabos, mi chica y mi perro, a escribir sólo lo que las olas turquesas de los mares del Sur quieran borrar, estén diseminados por las estanterías de unas cuantas personas unos seis o siete buenos libros de los que no me avergüence y que de vez en cuando se vuelvan a imprimir porque se agoten y que cuando yo esté muerto alguna persona hable de mis libros. En resumen, quiero trascender mi tiempo y publicar en Anagrama; es decir, quiero lo que quiere cualquier escritor insignificante. (Como habrás adivinado, esta respuesta tiene un 70% de sorna, un 25% de esperanza y un 5% de gravedad de señor con papada y gafas de culo de botella).



P.L.: Sorna, esperanza y gravedad… buena combinación para un coctel (sólo quedaría saber si mezclado o agitado). Ahora en serio, hablas de trascender, de dejar un recuerdo, de inmortalidad (a eso se puede reducir el que hablen de uno cuando esté muerto)… ideas llenas de potencia, que impactan, que podrían ser el faro en la vida de cualquier persona, hemos hablado también de escribir, del aire de importancia-relevancia (aunque sea fingida en muchos casos) de los escritores/as, y sin embargo, la lectura es algo cada vez menos valorado desde todos los estamentos de la sociedad (y me refiero a los actos y no a las palabras). Los niños no quieren ser escritores, quieren ser Cristiano Ronaldo, y las niñas no quieren ser princesas, quieren… (he de reconocer que no sé qué quieren ser las niñas). Es más, sus padres tampoco quieren que sean escritores, sino Cristiano Ronaldo y Lady Gaga. Al hablar de la literatura, de los escritores, todos nos ponemos serios, pero después la realidad no tiene nada que ver con eso y uno tiene la sensación de hablar de unos animales exóticos en sus jaulas de cristal. ¿Por qué no rompen esas jaulas de cristal? ¿Por qué las niñas no quieren ser princesas y los niños sueñan con ser Cristiano Ronaldo?

MAM: Bueno, si yo tuviera seis años y me preguntaran si quiero parecerme a Cristiano Ronaldo o a Pere Gimferrer, no lo dudaría un instante. Tengo la sensación de que no ha cambiado mucho de antes a ahora. La lectura era algo que no le gustaba a la mayoría de mis compañeros de clase. Nos gustaba solo a unos cuantos, y éramos un poco los raros de la clase, los profundos, los que peor se vestían y menos se divertían a ojos de los demás. El porcentaje subió un poco en la facultad, porque yo estudié filosofía, y subió un poco más cuando estudié en Italia, pero después, mis compañeros de trabajo, la gente con la que me he relacionado, no leía, salvo excepciones. Las niñas nunca han querido ser princesas, en eso han tenido una saludable voluntad republicana, y los niños siempre han querido ser futbolistas; al menos cuando yo era pequeño ya era así. Nunca he conocido a padres que quieran que sus hijos sean escritores. De hecho, los padres en España siempre han querido un hijo funcionario antes que futbolista. Hoy en día se puede entrar en un reality o ser tronista, pero los padres siguen prefiriendo el funcionariado para sus hijos, porque el reality conlleva prótesis mamarias y hacer edredoning delante de todo el país. Llevo toda mi vida oyendo el consejo de padres y madres diciéndoles a sus hijos que primero se busquen un trabajo (a ser posible, que opositen) y luego escriban, cultiven bonsáis, pinten, sean actores, o lo que sea. Yo nunca he visto la literatura como un modo de vida. Tampoco la mayoría de los futbolistas federados son Cristianosronaldos. Siempre me he ganado la vida y he escrito, como han hecho todos los escritores con los que tengo afinidad, de antes y de ahora. Cuando gané el Cajamadrid era teleoperador en PCCity, y seguí siéndolo, a pesar de que Pote Huertas, que era editor de Lengua de Trapo entonces, me sugirió la genial idea de que dejara el trabajo y me dedicara un año a escribir «una novela de puta madre». Yo le dije: «bien, supongamos que dejo el trabajo, y durante este año escribo una novela de puta madre, cuando te la entregue, ¿me darás otros 15000?» y él, claro, se descojonó en mi cara. Afortunadamente no le hice caso y seguí formateando los ordenadores de los clientes por teléfono mientras sacaba tiempo para escribir novelas que después no me ha publicado Lengua de Trapo. Imagínate que le hago caso y me quedo sin trabajo, sin lengua y sin trapo. La mayoría de las biografías de los escritores suele ser la historia de cómo consiguieron sacar tiempo para escribir, y las de las escritoras, ya ni hablamos, porque además añadían a la condición de escritora la condición de mujer, con lo que eso ha significado históricamente. En cualquier caso, la culpa de la imagen de los escritores alejados de la sociedad la tienen los propios escritores, pero no creo que sea distinto en el gremio de los fontaneros, los futbolistas, los políticos o los actores. No me imagino a Sergio Ramos o a Soraya Sáez de Santamaría en el metro, y sin embargo sí me puedo imaginar a Muñoz Molina, Almudena Grandes o Rosa Montero por citar al «famoseo» literario. Yo creo más bien se percibe la literatura como algo pesado y aburrido, denso, más que lejano y que la mayoría de los escritores, tomados uno a uno, y cuando no hablan de literatura, son buena gente. Pero lo mismo pasa con los fontaneros, los conductores de autobús o los actores. Respecto a tu pregunta de por qué los niños sueñan con ser Cristiano Ronaldo te diré una cosa: si se presentara el mismísimo Diablo aquí y me dijera: «te doy a elegir entre marcar el gol de la victoria en el minuto 116 de la final de la Copa del Mundo o entre ganar el Planeta con la mejor novela del último medio siglo» (Los campeones del mundo se embolsaron también 600.000 €), yo, sin dudarlo, elijo ser Iniesta.




P.L.: Y si en verdad se presentara el diablo dispuesto a comprar nuestra alma, ya sea por una Copa del Mundo o por el Planeta, ¿qué canción pondría música su propuesta?

MAM: Pues otra vez había pensado otra, pero creo que a ese pacto con el Diablo le iría como anillo al dedo Metamorfose ambulante, de Raul Seixas: «Eu quero dizer agora o oposto do que eu disse antes prefiro ser essa metamorfose ambulante do que ter aquela velha opinião formada sobre tudo».


That's all, folks!
(Mañana, más)

Miguel Ángel Maya
23 de enero de 2014

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