domingo, 2 de agosto de 2020

# TEXTOS ENGORDADOS Y OTRAS ESPECIES II #



La fiesta de hielo – Silvina Ocampo



De un puente de hielo inmenso y azul vi a un hombre asomado y un cielo muy celeste lo iluminaba y al mismo tiempo lo rociaba de sombras.
Vi a una mujer envuelta en tul de hielo y un tigre oscurecido adentro del aire inmóvil que entre ventanas ojivales miraba mientras lamía algo que la penumbra me escatimaba ver. Vi el azul del hielo, tan azul que no llega a ser azul sino otro color, en escalinatas que no sé dónde van; tal vez al cielo, tal vez a la piscina, tal vez a un infierno deformado, tan diferente a como hemos aprendido que es el infierno. Vi luz eléctrica, dentro de linternas de hielo, que se abrían paso, amarillentas, a través de las heridas azules del hielo.
Puse mi mano en una llama de hielo, azul y al mismo tiempo deslumbrantemente roja, no me quemó. No tiembla la luz, que se abre paso quirúrgicamente a través del hielo, resquebrajándolo ¡y todo para desvanecerse antes que aparezca el sol de otras mañanas! ¿Esto lo he soñado o lo soñaré?.
Llegué a la piscina helada que sana enfermedades cardiovasculares y nerviosas. Me arrojé a los brazos inertes de la piscina, a su cuerpo líquido, los ojos cerrados, para no asistir a mi curación. Seis minutos quedé acunada y desmadejada en el agua helada. Después salí de la piscina totalmente curada. Me arrodillé temblorosa frente al Dios de hielo y quedé dormida, agradecida, redimida, —reducida a la más extraordinaria dicha. Prefiero el frío helado al calor interminable y zumbante de insectos donde no existe ningún mundo de hielo que se convierta en escultura prehistórica, en edificio recóndito, antiguo, en largos tramos de casas y de templos en ruinas, que uno ve por dentro y por fuera, como si las ruinas de adentro fueran las de afuera y a la inversa, para la eternidad desértica.
Todo lo escondido a la vista y todo lo visible escondido.
El hombre los animales las plantas todo lo que existe vive de secreto en secreto en un silencio helado y espeluznante y nadie lo roba a nadie, porque cuando roba uno, otro secreto nace para ocupar el lugar exacto del anterior, con mayor deslumbramiento y silencio y fiesta.

Miguel Ángel Maya (feat. Silvina Ocampo)

sábado, 18 de julio de 2020

# TEXTOS ENGORDADOS Y OTRAS ESPECIES I #



El conferenciante – Juan José Saer




El conferenciante entró jovial, aunque algo apesadumbrado. Era en uno de los salones de la Real Academia de Ciencias de Bruselas donde años antes había tenido lugar un horrendo crimen todavía no resuelto que, cada cierto tiempo, llenaba de suspicacias y sospechas las páginas de sucesos de los periódicos locales. Si mis recuerdos no me engañan, iba a tratar el problema de los métodos de verificación de una suma, aunque sabía que el rocoso telón de fondo de toda su disquisición no iba a ser otro que los pormenorizados detalles no resueltos del crimen. El conferenciante descartaba a priori la verificación estadística (por x número de personas) y la convicción subjetiva y de buena fe sobre el resultado —de la verificación de una suma— pero le eran por completo extrañas las hipótesis y las contradictorias teorías criminalísticas acerca del crimen. Sin embargo, tal vez se trataba más bien de lo contrario: obviar el crimen y las innecesarias arenas movedizas con las que este habría impregnado su ponencia, y centrarse en el problema matemático. Se sentó, desplegó sobre la mesa las hojas de una carpeta y, antes de comenzar a desarrollar su tema, contempló durante unos segundos la jarra transparente, sonrió como para sí mismo, y dijo: «Yo acostumbro a dormir la siesta antes de dictar una conferencia, para tranquilizarme, porque la obligación de hablar en público me pone siempre muy nervioso, más aún, si he de hablar precisamente en este salón y no en cualquier otro de la Real Academia de Ciencias de Bruselas. Así que hace una hora me encontraba yo durmiendo la siesta y tuve un sueño. Tres personas diferentes, enmascaradas, fotografiaban rinocerontes. Eran tres imágenes sucesivas, pero el método que empleaban para sacar la fotografía era el mismo: se internaban en el río hasta la cintura, sentían bajo sus pies los movimientos sinuosos de la vegetación al compás de la corriente, tal vez algún anfibio asustado ante la pisada, y fotografiaban de esa manera al rinoceronte, que se encontraba a unos metros de distancia, en el agua. Se trataba de rinocerontes, no de hipopótamos u otros monstruos. El último de los fotógrafos era un poeta amigo mío (al que no conozco personalmente, solo a través de una dolorosa y secreta correspondencia). Era mi amigo en el sueño. Este poeta, de fama universal, me explicaba en detalle el procedimiento que se emplea habitualmente para fotografiar rinocerontes, no hipopótamos u otros monstruos. Y, en nombre de nuestra vieja amistad, no exenta de altibajos y —como he señalado— dolor, me regalaba la fotografía que acababa de sacar».
El conferenciante hizo silencio y recogió de entre sus papeles un rectángulo coloreado. Después, antes de comenzar la disertación propiamente dicha, con el firme propósito de eludir de la mejor manera posible ese crimen pasado que lo impregnaba todo en aquella sala, concluyó su relato:
«Tal vez ustedes crean que este sueño que acabo de contarles es pura invención. Y bien, estimados oyentes, se equivocan. Aquí tengo la prueba», dijo, y alzó la mano mostrando al público la fotografía en colores de un rinoceronte en un río africano, todavía húmeda, a causa sin duda de la proximidad del agua o del reciente revelado.

Miguel Ángel Maya (feat. Juan José Saer)