lunes, 20 de enero de 2014

GRANITE & RAINBOW & SIETE DÍAS I

...Pedro Larrañaga, colaborador de la revista G&R me propuso en diciembre el siguiente juego para el próximo número: una conversación tête à tête, salvando cibernéticamente las distancias físicas que nos separan entre el norte y el sur del país, que tendría que desarrollarse a lo largo de siete días. Empezamos el lunes 9 de diciembre y terminamos el domingo 15. No había más reglas que preguntarnos y contestarnos lo que consideráramos oportuno y que, al final de cada día, tenía que recomendarle una canción...
...Las voy a ir colgando por aquí en diferido (en concreto 43 días en diferido) aprovechando que G&R saldrá en estos días...
...Bien, agradecido por haber pensado en mí, ahí va la primera de las siete entregas, condimentada con imágenes y otros aderezos... 




Lunes 9 de diciembre de 2013



Pedro Larrañaga: Hemos escuchado a muchos escritores decir que «se le aparecen las historias o tal y cual personaje». Sin embargo, otros muchos apelan al método, a la búsqueda. En el caso de Miguel Ángel Maya, ¿las historias están ahí, se aparecen, o te dedicas a buscar y rascar hasta dar con ellas?



Miguel Ángel Maya: En mi caso, no sé si sería correcto decir que se me aparecen las historias, más bien diría que cultivo una especie de mundo paralelo donde esas historias siguen su camino, su vida, su desarrollo, su curso. Eso incluye por supuesto a los personajes, las calles, los lugares. Son personajes que vivían sus vidas y les sucedían cosas antes de aparecer en un libro, y les siguieron pasando cosas y viviendo sus vidas después del libro. No puedo despedirme de los personajes que ya están ahí, ni tampoco de las historias que alguna vez estuvieron ahí. De ahí que considere que un libro es una especie de punta del iceberg, de fotografía de un momento concreto del estado en que se encuentra ese mundo paralelo que ha seguido su curso casi sin yo querer. En realidad creo que todo el tiempo estoy dándole vueltas a las mismas historias, y las nuevas que se suman a esas lo hacen siempre en relación. Por ejemplo, a veces me pregunto qué habrá pasado con ciertos personajes de los que hace tiempo no sé nada, a veces me pregunto por qué no les pedí el teléfono o un correo electrónico en su momento, para preguntarles de vez en cuando qué tal les va la vida y ver si puedo contar con ellos para la siguiente novela. 







P.L.:Ese tipo de «acercamiento» a las historias, parece encajar punto por punto con tu obra El hombre que decía haber salvado a Rebeca B. Sin embargo, para un lector, Últimas 2 horas y 58 minutos transmite otra sensación, algo así como una ‘road movie’ con reflejos personales que el autor necesitara «sacarse de encima» (con todo lo impreciso que eso resulta). ¿Podríamos decir entonces que, al igual que evoluciona tu escritura, tu forma de construir, evoluciona también tu búsqueda de las propias historias?



MAM: Esta es una pregunta muy interesante que requiere de una contestación algo complicada: ese «acercamiento» a las historias existe siempre y está vivo, y como todo lo que está vivo, está en continua evolución y en continuo cambio. Su peculiaridad y su principal problema es que no necesita ser escrito para que la historia siga su curso. El libro es anecdótico. Mi principal conflicto con la escritura tiene que ver precisamente con este discurso literario, que considero que está por encima de las únicas dos muestras de que dispone cualquier lector: Últimas 2 horas y 58 minutos y El hombre que decía haber salvado a Rebeca B. En el primer libro, como bien dices, necesitaba sacarme cosas de encima y quería publicar, pero es un libro realmente endeble desde el punto de vista de mi discurso literario. Esto lo vivo como una contradicción, porque supuestamente esa era mi carta de presentación e hice lo que quise, escribí el libro que quise, lo publiqué con la editorial que yo quería, gané un premio que pensaba que me abriría puertas, y me dio un colchón económico que para un teleoperador no estaba mal, el problema es que tengo la sensación de que esa carta de presentación la eché a perder desde el punto de vista de mi discurso literario, por eso pasaron casi cinco años entre ese libro y El hombre que decía haber salvado a Rebeca B., y en esos cinco años pude replantearme muchas cosas tanto personales como acerca de mi propio discurso literario. En ese tiempo me habría sido muy fácil escribir cada año una novela de 160 páginas contando un desahucio, una historia sexualmente sucia, algo con trasfondo político o una correcta historia de amor con sus conflictos y sus puntos de giro. Quizás Lengua de Trapo me las habría publicado, y yo sería un escritor más, con unos libros tan anodinos que daría igual que estuvieran publicados o no (de hecho da igual, y no están ni publicados ni escritos, como otros sí están tanto publicados como escritos). Escribir un libro es fácil, el problema es construir ladrillo a ladrillo un edificio que sea el reflejo de un discurso literario y de una búsqueda, mucho más compleja que escribir, mucho más intensa que escribir, con muchas más implicaciones que escribir. De esas búsquedas surgieron novelas inéditas o libros fallidos pero con un discurso literario mucho más interesante que los que dejan entrever Últimas 2 horas y 58 minutos o El hombre que decía haber salvado a Rebeca B., pero también son discursos más arriesgados y radicales que están contenidos en libros con los que, en realidad, he naufragado o contra los que no he podido. Por eso nadie los ha publicado. Es más, salvo un par de editores, la mayoría de esos editores (incluidos los que eran mis editores) ni siquiera me ha contestado, luego entiendo que es un discurso literario que no interesa lo más mínimo. Al mismo tiempo, no puedo evitar sentir cierta vergüenza respecto al mundo editorial si pienso que lo único que he conseguido publicar han sido esas dos obras, dos libros absolutamente prescindibles. Afortunadamente tengo la suficiente insignificancia literaria como para seguir experimentando con mi discurso, y mostrando públicamente, de cuando en cuando, cómo va evolucionando. En cualquier caso siento que El hombre que decía haber salvado a Rebeca B. se acerca más tanto a lo que soy como a lo que se puede considerar un debut literario. No sé si he contestado realmente a la pregunta. 





P.L.: Me encanta la idea de la distancia entre «el discurso literario» y sus reflejos (los libros) porque habla de un concepto de «escritor» mucho más amplía que la de «escritor que publica». En ese caso, entiendo que tenemos la misma distancia entre el «Maya que escribe» y el «Maya que publica». Conocemos al «Maya publicado», pero ¿qué nos podrías decir el «Maya que escribe»?



MAM: Bueno, como bien dices, entre los verbos «escribir» y «publicar» hay, en mi caso, mucha distancia. Paso buena parte de la semana escribiendo y el montante de páginas publicadas hasta ahora no llega a las quinientas. Es una distancia casi insalvable diría yo, y que me produce inquietud y, a veces, frustración. De todas formas creo que en la mayoría de los escritores es así. No me gusta que haya tanta distancia entre esos dos Maya: el Maya que escribe es infinitamente mucho más interesante que el Maya que publica porque el Maya que escribe está todo el tiempo buscando algo, intentando edificar algo, mientras que el Maya que publica se limita a constatar, cuando el libro ya se ha convertido en un objeto y por lo tanto ya nada tiene remedio, que tampoco esta vez ha conseguido encontrar lo que andaba buscando. Escribir es buscar mientras que cuando se publica se expone lo que se ha encontrado. Lo que ocurre es que buscar es mucho más rico e interesante que encontrar. La búsqueda te obliga a moverte, a cuestionarte, a documentarte, a salir, a leer, a viajar. Por otro lado, es algo que no depende sólo de mí, sino también de quien tiene la posibilidad de publicar o no hacerlo. Si yo fuera un editor que hubiera leído todos mis manuscritos, quizás no habría publicado los dos que se han publicado y sí habría publicado otros en los que esa distancia entre lo que se busca y lo que se encuentra es mucho menor o en los que hay una apuesta literaria mucho más arriesgada en la que me juego el cuello o me implico mucho más desde las vísceras o desde la técnica. Creo que como escritor del siglo XXI que soy tengo la obligación de montar mecanismos y entramados literarios nuevos, discursos literarios nuevos, formas narrativas nuevas, novelas que no suenen a viejo, artefactos que no me parezca haber leído ya. Tengo esa obligación pero paradójicamente he publicado dos libros que no responden absolutamente a este discurso que estoy diciendo, luego algo falla en todo esto; algo falla a la hora de poner en marcha la legitimación de este discurso cuando escribo ficción. Como lector, me encuentro en la inmensa mayoría de los casos con que la gente que se puede considerar de mi generación (un poco más jóvenes o un poco más mayores), yo incluido, y salvo algunas excepciones, tenemos un discurso literario alarmantemente conservador en los libros que hemos publicado. A veces me refugio inconscientemente en la estúpida idea de que la culpa no es nuestra sino de una industria editorial que pretende domesticarnos a todos, que está formada por editores viejos y cansados, con esquemas mentales y visiones de la literatura tan ancianas como ellos, que rechazan los riesgos y bla bla bla, pero hoy en día la industria editorial, la mastodóntica y represiva industria editorial, pinta muy poco, y nos encontramos con que lo peor se está publicando en las editoriales pequeñas y sexys, supuestamente formadas por editores jóvenes y sexys de mente abierta que consideran que Herralde y Beatriz de Moura son animales mitológicos que hay que venerar pero que tienen muy poco que decir hoy desde el punto de vista editorial, animales mitológicos cuyo mejor tiempo ha pasado ya. Bien, esas editoriales pequeñas y sexys deberían arriesgarse porque al contrario que Alfaguara o Planeta no tienen nada que perder y porque la edición digital es sumamente barata y porque no pagan anticipos a los autores y porque los autores que publican en ellas son jóvenes; sin embargo, en esas editoriales seguimos encontrándonos con discursos literarios absolutamente viejos, pronunciados por escritores de veinte y treinta años, jóvenes escritores que tienen discursos literarios muchos más viejos que Herralde o Beatriz de Moura, que nos demuestran con ello que siguen teniendo mucho que decir y que no son tan viejos como creíamos. Y eso es un problema (no que Herralde sea menos viejo, sino nuestro conservadurismo). Y yo formo parte de él, como se puede comprobar en mis dos libros. 






P.L: Tras toda esta carga de crudeza, creo que sólo se puede echar el cierre a este primer día. Sólo una petición más: una canción. Una canción para empezar, para un comienzo, para un lunes, para el primero de siete días. Y, además, un millón de gracias.
 
MAM: Como primera canción para este primer día de preguntas elijo Amico fragile, de Fabrizio de André. Es una canción que me inquieta y me emociona a partes iguales. Muchísimas gracias a ti.


That's all, folks! 
(Mañana más)

Miguel Ángel Maya
20 de enero de 2014

P.D. La primera foto está sacada de aquí.