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sábado, 23 de agosto de 2014

CONTINUIDAD




«El sol en los montes allá lejos.
El hombre miró hacia adelante y hacia atrás.
La mujer caminaba con la cabeza baja.
El ruido de un tren por el suburbio. El silencio por el suburbio.
Las casuchas blancas, oscuras, aplastadas.
El hombre dejó de caminar, y encendió un cigarro. Ahí, detenido sobre la hierba seca.
Era junio. Iba a llover. Y la hierba parecía brumosa, y esos perros que miraban también.
Cerca había huesos roídos.
El esqueleto de un gato.
La calavera de un gato en la basura.
Un jilguero en un árbol.
Las casuchas de colores en otra parte eran puntos tristes, verticalidades borrosas.
El hombre se sentó sobre la hierba; se levantó, sacudiéndose.
El sol tenue, nublado.
Junto a sus pies, entre las matas, un martillo sin mango.
No lejos de él, los perros en la basura.
El hombre hizo un ademán de fastidio, de soledad.
–Qué –dijo la mujer.
El hombre miró una gallina, un perro blanco, flaco de hambre.
Las plantas de maíz en verdes paralelos.
Una muñeca con los trapos de fuera sobre el polvo.
La mujer lo tomó del brazo.
El hombre la miró.
La mujer respondió a sus ojos con un breve, mudo sí.
El aire era un olor desatado, la luz un gris abriéndose a lo oscuro.
El sol entre los montes se hundía cada vez más rápido.
El hombre estaba pálido, impaciente.
La mujer tomó una piedra; la apretó; la soltó.
Un perro los miraba.
–Podríamos seguir, si tú deseas –dijo la mujer.
–Pronto lloverá –dijo el hombre.
Fumaba.
–Qué –dijo la mujer.
El hombre se acercó a un perro, pero el perro huyó. Ladró a unos metros de él, y sobre un montón de piedras se quedó parado, mirándolos.
El hombre le arrojó una piedra.
El perro no se movió.
–Es curioso –dijo el hombre–, de niño estaba tan pasmado que…
–Ya me lo has dicho –dijo la mujer.
El hombre fumaba.
–Lloverá –dijo después.
Un muchacho en bicicleta pasó cerca de ahí, hacia la ciudad.
Mejor nos vamos, pensó la mujer.
–Mejor nos vamos –dijo el hombre.
Las nubes a punto de llover. El hombre inmóvil. El aire caliente.
–Lloverá, ¿dijiste? –dijo la mujer.
Dos, tres perros merodeaban.
Podría tocarme, pensó la mujer, podría hacerlo.
Y miró al hombre.
–Vámonos –le dijo.
–Esos perros me molestan ahí –dijo el hombre. Y tomó otra piedra y se las arrojó.
–Ven conmigo –dijo la mujer.
El silencio, la ausencia del sol sobre los montes. Humedad.
La lluvia.
–Pero –dijo el hombre.
–Te amo –dijo la mujer con voz casi hueca.
–No –dijo el hombre–. Esta tarde no.
Uno, dos, tres graznidos pasaron volando hacia el caserío, hacia el humo.
–Ahí vivimos –dijo la mujer.
Y señaló con el dedo, como apuntando a un fantasma entre fantasmas iguales.
–No me importa –dijo el hombre.
La mujer lo miró junto a ella, inerme; y le dijo palabra que le gustaban al hombre para que sonriera, y el hombre sonrió.
Rápidas, escurridizas, afiladas gotas haciendo surcos en el polvo los rodearon, sonaron sobre las matas.
Los perros desaparecieron.
–¡Parraplum! –dijo el hombre–. Y eso y algo se desinflan.
–Vámonos –dijo la mujer.
–¿Hago lo que debo? –preguntó el hombre.
–Ya me lo has preguntado –dijo la mujer.
–Además, podríamos irnos –añadió.
–Camina –dijo.
Las plantas de maíz, la muñeca rota, el árbol y el jilguero habían desaparecido.
–Camino –dijo el hombre sin moverse.
El humo sobre el caserío, y el caserío mismo habían sido borrados por la lluvia.
–Vámonos –repitió la mujer.
–Camino –dijo el hombre.
–No más palabras. Vámonos.
El hombre sonrió.
Idiotizado, pensó la mujer.
La luz fue envuelta, llevada por la lluvia.
Las manos, los cabellos, la frente, la boca, eso que no está, empapados.
–La lluvia –dijo el hombre.
–Camina –dijo la mujer.
–Voy andando –dijo el hombre–- Ahora voy».

Homero Aridjis, Sobre una ausencia

Miguel Ángel Maya
23 de agosto de 2014

P.D. La foto es de Weegee. No recuerdo dónde la encontré.

*     *     *

jueves, 3 de marzo de 2011

LOBITO BUENO




Hacía calor, era por la tarde, iba a llover.
Ahí estaban los iguales, distintos pasajeros.
Para lo que no se recobra, pensó el joven, lo mismo es un segundo que un siglo.
Tocó el timbre, y el camión se detuvo.

Homero Aridjis, "Sobre una ausencia
"



...Un Lobito Bueno mira la pantalla. Barro en las patas, pupilas turbias, recuerda un lejano cacarear de aves, pero es un impostor y estaba borracho, dice. El Lobito Bueno escucha a lo lejos una canción italiana y se estremece. En la novela que está escribiendo, un personaje dice que el estremecimiento es un huracán de las células, pero el Lobito Bueno sabe que esa frase no resistirá la tinta roja de la primera corrección, aun así la deja ahí y sonríe sabiendo que no va a sobrevivir. El Lobito Bueno recuerda con una facilidad pasmosa tanto lo que ha vivido como lo que no. No tiene nada que perder, tal vez por eso cae y se salva, por eso su único deseo es verte dormir y ver cómo sobrevives a la tempestad...
...Es jueves, sueñas, el Lobito Bueno bebe de tu mano...
...Y escapa y cree que te olvida...

Miguel Ángel Maya
Sevilla, 3 marzo, 2011

jueves, 5 de noviembre de 2009

Salvaje insomne



If again the seas are silent
In any still alive
It'll be those who gave their island to survive
Drink up, dreamers, you're running dry.
Peter Gabriel

...Se ha ido López Vázquez sin salir de aquella cabina; Francisco Ayala, con su siglo a cuestas y su lucidez necesaria; Levi-Strauss, el hombre que odiaba viajar, con ojeras de tristes trópicos; Rafael Reig ya no responde las cartas de sus lectores en Público...
...Me entristece llamar a una puerta y que nadie abra, que nadie responda al otro lado y que sólo se oiga mi propio eco, que las ausencias se construyan a base de frío, que los capítulos de la vida decaigan hasta desaparecer en un fundido en negro al que nadie le importa, tan parecido a la indiferencia, tan pobre...
...Ha llegado el invierno y el insomnio, el sol apenas velado y el cielo azul pero agrio y frío y chernobilizado de Madrid. De todo ello sólo el insomnio es salvaje, sólo las vueltas en la cama, sólo el abrazo a una espalda, a un cuerpo que late, respira, sueña, desnuda tan sólo en lo que tienes de oculto y redondeado. Tatuada con el nombre de aquel desconocido como si lo repugnante te vistiera el muslo izquierdo. Adivinando lo que puede ser al otro lado de tu pulso. Adivinando cuál sería tu respuesta en una hoguera, en un nicho de plomo calcinante, en un pensamiento incendiado hasta el incesto, como la miraba dormir Homero Aridjis...
...Salvaje insomne, me levanto de la cama con cuidado, y recorro los silencios de la casa. Sé que el insomnio ahora tiene un nombre propio, y no tiene música, a lo sumo la banda sonora del fotograma, un beso, cualquiera, de Ava Gardner o de Greta Garbo, un silencio cualquiera de esos que Marilyn, con gin y llenando mucho los pulmones, se tomaba antes de repetir por enésima vez la misma escena de "Where's my bourbon". Recorro la casa, vacía, oscura, como los tejados que veo desde la ventana, como la ciudad, como los sueños por los que ya no transita nadie, o lo hace agazapado, claro. En las estanterías hay libros, muchos libros, y cuando estoy insomne y salvaje, cautivo y desalmado en vez de abrirlos, diseccionarlos, bostezar, me da por olerlos. Claro que si hablamos de olores nos da el alba: el olor de la cama, el olor de la ropa, del cuarto, de las sábanas, el olor del café, el olor de la casa, el olor del piano, de los libros, del frío, del fracaso, del silencio, del insomnio...
...Me miro en el espejo, sin revólver (mal asunto, cómo guardar siquiera un revólver en un pijama), sin alcohol, sin miedo, y le digo al tipo ese de las ojeras que me mira eso de "bebe, soñador, te estás quedando seco"...
...Pero tampoco es eso, como casi siempre...

Miguel Ángel Maya
Madrid, 5 noviembre 2009

sábado, 5 de septiembre de 2009

No está



"Para lo que no se recobra, pensó el joven,
lo mismo es un segundo que un siglo".
Homero Aridjis

...No, tampoco entre los libros que se apilan, entre la última carta que apareció en el buzón y que venía del sur y que llenó de color el blanco y negro de la propaganda, entre esta melancolía suave e insistente que me "acompaña de la mañana a la noche, insomne y sorda, como un remordimiento viejo o un vicio absurdo", que es como acompañaba la muerte a Cesare Pavese cuando él aseguraba que vendría y tendría sus ojos, quién sabe qué ojos le dolían tanto...
...Será tiempo lo que se ha ido; serán escamas, música, piel, ojeras, geografías ahora en el desván, nombres que no logro recordar, lo que se nos ha escurrido de entre las manos como el agua fría... Sí, llamémosle tiempo para entendernos, para defendernos, para lamernos un poco más al compás del latido, del salitre rítmico y lunático del mar, de la marea, de todas las tierras ignotas que quedaron atrás, como ese segundo o dos en que la yema de mi dedo rozó una hecatombre de fuegos que podía haber cambiado el curso de la historia pero quedó en esa tierra de nadie, insomne y sorda, en esos colmillos apenas afilados, en ese pobre viento...
...Con tanta música que había...

Miguel Ángel Maya
Madrid, 4 septiembre, 2009

lunes, 29 de junio de 2009

Caramelo de limón

...Suena Dices que soy, una canción cursi pero deliciosa de las Vainica Doble, esas abuelitas encantadoras que en realidad eran la flor de la canalla. La noche es apacible, suena el verano afuera, caluroso y refrescante como el limón que le da su puntito a un buen gin-tonic...

...Siento una querencia especial por el objeto-libro: me gusta tocarlo, descubrirlo, y para mí tiene tanta importancia la casualidad que me lleva a él como lo que hay escrito dentro. Son dos caras de la misma moneda. Los mejores libros los descubrí casualmente y los compré porque estaban subrayados, o dedicados (las dedicatorias de amor son las mejores, y el hecho de que terminen vendiéndose a precio de saldo hacen pensar en una cuanto menos azarosa historia de amor)...

...Compré Los pasos perdidos de Alejo Carpentier en una librería de La Habana porque en su primera página había una declaración de amor eterno que probablemente, en el momento de ser escrita valía mucho más que los veinte pesos en moneda nacional que pagué por el ejemplar, gris, de la editorial Letras Cubanas, creo recordar...
...Compré en Sevilla un libro de Homero Aridjis titulado Sobre una ausencia porque tenía la siguiente frase subrayada: "La buena mujer sabía amar, en un doble estallido de bestias que sollozan"...
...El poeta Carlos Escobar, me contó en su puesto de libros de Bogotá que anduvo durante años buscando un libro de Blanca Varela titulado Ese puerto existe. Lo buscó en todas partes, y no lo encontró jamás hasta que una tarde de inventario en la librería de al lado, el librero le iba gritando los títulos al empleado, y Carlos descubrió que Ese puerto existe había estado a menos de dos metros de sus narices durante años...
...Las librerías de la calle Corrientes, en Buenos Aires, son un paraíso para los que buscamos este tipo de casualidades en los libros: dedicatorias, frases subrayadas, escritos al margen, libros que uno creía haber olvidado o perdido y se aparecen en una estantería polvorienta, en un rincón de libros apilados...

...Esta tarde, mientras esperaba a Daniela en la Cuesta de Moyano, estaba echándole un vistazo a los libros del primer puesto. Los de la parte derecha valían un euro: abrí La Celestina, y me encontré con una tarjeta que decía:

Alejandro de Luis
Ana Alas
Jazmín, 44
Tel 202 47 31
Madrid 33.

...Suficiente motivo para comprarlo, ¿no? Me llevé además Nada y Tan triste como ella, de Onetti, porque tenía anotaciones imcomprensibles al margen...

Miguel Ángel Maya
Madrid, 29 junio 2009