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martes, 24 de agosto de 2010




EN DICIEMBRE DE 1978 hice el amor con una muchacha punk.
Decir "hice el amor" es un decir, porque el amor ya estaba hecho
antes de mi llegada a Londres y aquello que ella y yo hicimos,
ese montón de cosas que "hicimos" ella y yo, no eran el amor
y ni siquiera –me atrevería hoy a demostrarlo–, eran un amor: eran eso y sólo eso eran.
Lo que interesa en esta historia es que la muchacha punk y yo nos "acostamos juntos".
Otro decir, porque todo habría sido igual si no hubiésemos renunciado a nuestra posición bípeda, –integrando eso (¿el amor?) al hábitat de los sueños:
la horizontal, la oscuridad del cuarto, la oscuridad del interior
de nuestros cuerpos; eso.

Fogwill, Muchacha Punk





...Estuve recostado en un olivar en ninguna parte, oscilando entre los párpados caídos y las miradas a la silueta de Arcos de la Frontera. Pero regresé. Y apenas uno pone los pies en la tierra se termina la felicidad: no había terminado de regresar cuando Braulio me dijo que Fogwill había dejado de incordiar, al menos en este mundo de vivos, cambalache, problemático y febril...





...Supe que estaba vivo en Nápoles, cuando estaba vivo, gracias a que Martín sacó del Cervantes o trajo de Barcelona Vivir afuera, que empecé a leer y que abandoné...
...Luego leí una entrevista al Personaje Fogwill escapado de uno de sus libros, con los ojos saltones de loco y esas palabras afiladas esparcidas por todo un suplemento dominical respetable, y me cayó tan bien el personaje que empezó a interesarme casi más que el autor...

...Leí Muchacha Punk en el Internet Café de Nápoles donde trabajaba en el 2004, y ahí se me mezclaron Autor y Personaje como las bebidas de garrafón en una de esas borracheras monumentales que terminan con las piezas del puzzle saltando por los aires, con la baraja rota y con una resaca antológica...





...La última vez que estuve en Buenos Aires acababan de reeditar Los Pichiciegos, que yo no había leído: entré en una librería de Corrientes, lo vi allí y me lo compré. El librero miró el libro, miró el reloj y exclamó mirando al techo de la librería: "¡Tuve que esperar a las ocho de la tarde para que alguien se lleve por fin literatura de acá!"...

...Ya casi me lo había devorado entero cuando tomé el tren en Retiro. Bajé en Mitre y tuve que meterme en un bar, porque hacía falta algo de alcohol para digerir aquello...
...Sigo pensando que es uno de los mejores libros que he leído nunca y me jode, me jode mucho, que haya dejado de incordiar por acá...


Miguel Ángel Maya
Sevilla, 24 agosto, 2010