...me dejé caer al suelo, chapotié en el barro, elemento en donde mejor podía dedicarme, con intensidad, a un solo pensamiento: que era insoportable su ausencia.
La presunción (absurda) de que los árboles eran como rastros suyos fue lo que me hizo pararme y seguir buscándola por esos campos que ahora no son más que desiertos de piedra filuda y desperdicio.
Cuando la encontré me tocó desenmarañarla entre las luces del crepúsculo.
Andrés Caicedo, Angelitos empantanados
*
