jueves, 12 de marzo de 2009

Llamada de invierno frío



"And wait in the arms
of the cold cold ground"

Tom Waits

Pueden pasar dos cosas, que uno vea Madrid desde el cielo o que vea el cielo desde Madrid. Ahora te imagino mirando a través de la ventanilla el titilar de luces y edificios mientras el avión despega y se rompe todo.
Hoy, durante todo el día, no hice otra cosa que fumar, vagabundear por las calles de Malasaña y mirar al cielo. Cuando nos conocimos te dije que si esos inviernos madrileños fríos y con cielo azul se nos meten bajo la piel y nos infectan como una enfermedad extraña nos será muy difícil liberarnos de ella, de Madrid.
Te lo dije y tú apuraste la copa mirando hacia nuestro reflejo en el cristal de enfrente del bar de la estación de Atocha, y la dejaste caer sobre la barra con un golpe seco, y reíste como si te hubiera contado un chiste. Ahora miras Madrid desde lo alto, y ves una maqueta que tal vez te estremece. Sé que no vas a volver.
Me acuerdo. Tú estabas en el epílogo de la noche: sola en el bar de la sala de espera de la estación de Atocha, arrastrando la noche con el último gin-tonic sin ganas y el último cigarrillo prestado. El suelo estaba lleno de colillas. Tres de ellas, que formaban un triángulo a la derecha de tu zapato con el tacón gastado, tenían la boquilla manchada exactamente del mismo carmín de tus labios. Para mí era el inicio del día, y me estaba tomando un café cortado cuando te acercaste y me desarmaste con esos ojos verdes pidiéndome fuego. Si hubiera estado en una película de cine negro habría tenido fuego para darte. Pero no, no tenía.
A las 6:30 de la mañana la estación de Atocha es un ambiguo refugio tanto de los que vienen de la noche como de los que van con sus ojeras al encuentro renqueante con el día: cafés con leche, coñac, porras, cruasanes, o, como en tu caso, el último gin-tonic. Bueno. Voy.
Supongo que te extrañará encontrarte este mensaje apenas enciendas el móvil cuando bajes del avión, pero tengo que decirte algo: te he engañado. Cuando nos conocimos en Atocha yo ya venía siguiéndote los pasos desde hace meses: sé que vivías en la Calle del Pez, la hora a la que salías, que entrabas en El Palentino, que hacías una llamada desde el teléfono del bar, que te tomabas un café y luego te ibas hasta el número veintisiete de San Vicente Ferrer; sé también con quién te encontrabas y para qué. Estoy enamorado de ti, pero soy detective.
Siento no habértelo dicho antes.
También quería decirte que en el bolsillo interior de tu chaqueta he dejado algo. Espero que cuando lo descubras lo entiendas todo. No te preocupes por lo demás: no le diré a nadie nada de lo que sé.
Ahora voy a colgar.
Te quiero.

Miguel Ángel Maya.
Madrid, 12 marzo 2009.

P.D. Si viajáis con Vueling el mes que viene podréis leer esta historia en la revista "Ling". La fotografía en la que está inspirado el relato es del fotógrafo Alejandro Marote.

5 comentarios:

aroa dijo...

entonces me tengo que ir a alguna parte en abril

qué bueno

Okr dijo...

Qué guapo nen. Oye, que como ya he leído la historia a lo mejor no es necesario que coja un avión y eso... ;)

(Jamás tocaría el teléfono de El Palentino... tiene que tener mil millones de virus y bacterias listas para entrarte por la oreja y matarte poco a poco.)

Reb dijo...

Qué cosa más bonita!!!

Kerala dijo...

Delicado, contemporáneo, digno de este "hoy nos vamos todos, de todos"...

David dijo...

Hermoso y grande, muy grande.