martes, 31 de marzo de 2009

Bonjour tristesse


...Es curioso cómo la tristeza acaricia como un terciopelo incómodo, como una seda molesta, con la dulzura y la determinación ácida de un espejo que se fragmenta para siempre, de una brújula a la que un imán desconcierta, de un asesino o un suicida que prepara el mecanismo perfecto para el golpe definitivo, con lo irremediable como telón de fondo...
...El epicentro de la casa era ella, y ahora todos estamos huérfanos, un poco perdidos, muy solos... Ella falta y va a faltar siempre, y es descorazonador, crucial, y no hay consuelo para ello, no hay metáforas, ni silencios, ni recuerdos, ni muletas que sean capaz de suplir esa dentellada en el tiempo y en el espacio...
...Sus objetos siguen estando ahí, su ropa sigue estando en el armario tan huérfana y obscena, y basta encontrarte las babuchas, porque ella decía babuchas, ver una manzana que ella decía pero, o ver las habichuelas, en la cocina, o el mantón que se ponía en los pies cuando se adormilaba viendo Arrayán o la copla de Canal Sur, la bata de flores, los objetos que en la casa estaban para facilitarle la vida a ella, su modo de reírse, el último lugar donde la vi, el último beso que le di estando viva porque el jueves, mientras compraba el billete para venir a verla deseando que todavía le quedara un poquito más de aliento para mí, me dijo mi madre unas palabras que sabía que alguna vez oiría pero que una vez rumiadas no me fue capaz de digerir del todo: "ha pasado lo peor... que ha muerto", y lo primero que me vino a la mente fue ella lavándome las manos cuando era chico, primero una mano y luego la otra...
...Ahora es sólo destapar el perfume que ella se ponía cuando estaba en mi casa y es convocar un aquelarre de fantasmas y de nudos de garganta, una verbena de lágrimas y una fiesta que parece que siempre está terminando, que nunca acaba de arrancar, que ya ha sido, perezosa y terrible... Se hace duro el viaje en tren, solo frente a unos recuerdos demasiado atolondrados y sensibles, y encontrarme a los primos, a la gente que ella, porque era maravillosa y porque sí, fue convocando a su vera, fue cobijando y queriendo, dándosenos, como la estampa del cristo del Cautivo que me metía en las mochilas y que recorrieron Italia, Londres, Francia, las intemperies y los cuchillos, en el bolsillito junto a la caja de condones, y durmieron en la calle, en un banco, en los mejores hoteles y en los más cochambrosos, estuvieron en el Amazonas y cruzando el río Usumacinta en la selva del Petén, me sostuvo cuando me atracó el tipo en Puerto Barrios, la primera noche que hice el amor con ella en el lago Petén-Itzá, cuando iba y venía de Nápoles, cuando, cuando, cuando... Siempre la estampita del cristo del Cautivo, patrón de los ladrones, de los navegantes y de los viajeros...
...Nos veo a todos nosotros, los insectos que revoloteábamos en torno a ella, que la amábamos, un poco perdidos, sobreponiéndonos a una ausencia que sólo apuntalamos maltrechos, cada uno como puede: después del entierro quise emborracharme, miré a los demás, y cada uno trataba de agarrarse a un clavo ardiendo: yo tenía el ron, mi madre y mi tía limpiaban, recogían, mi abuelo miraba los árboles del patio y se preocupaba de si los gatos tenían comida, mi hermana dormitaba, leía una revista... Clavos ardiendo porque la butaca donde se sentaba mi abuela estaba vacía y sabíamos que a partir de ese momento, con ella ya bajo tierra, iba a seguir vacía... ...En el tanatorio, mirándola inerte, pálida y amarillenta, con sus ojos cerrados, a través del cristal pensaba en su útero: ese útero grandioso que trajo al mundo a seis hijos más otro que no pudo ser y uno que no llegó ni a poder ser... Ese útero extraordinario y generoso que fue capaz de crear a este enjambre de gente que la adorábamos, esa gente loca que la quería con locura, con nuestras risas y nuestros gritos y nuestras manías y nuestro toque artístico, porque la gran artista era ella: "nos quedamos sin abuela", me dijo apenas me vio el abuelo de quien ha sido su compañera durante toda su vida y a quien, también él, por la inercia y la fuerza de la veintena de nietos que tuvo, también terminó llamándola abuela... Cuando venía a Madrid me escondía detrás del sillón, y para mí, la Venta La Primera, era la casa de la abuela, y era ella leyendo el periódico con la bata, viendo telesur, pelando habichuelas, cocinando para todos con esas especias y ese puntito que le ponía a todo lo que hacía, era ella, ahora, en los últimos tiempos, sentada en la butaca y apretándome la mano con fuerza cada vez que me iba... La última vez que besé sus sienes con el pelo blanco fue en diciembre... Sólo por unos días, por unas horas, por un último golpecito más de corazón no pude despedirme de ella sabiendo que aquel sí iba a ser el último beso...
...Queda el recuerdo, sí, lo sé, el recuerdo interminable, inagotable, de esa señora a quien en el 84 dieron pocos meses de vida por un cáncer al que terminó ganando la partida, de esa señora que, como cuando pensaba en su útero, también pensaba que nos había creado a todos nosotros, y nos había hecho reír y había sufrido y no habíamos podido hacer otra cosa con ella que adorarla...
...Lo raro es levantarse cada día, estar en Sevilla, tomarse el café, caminar por el pasillo, mirarse en el espejo, ojeras, pelo despeinado, descalzo, y no haber despertado de la pesadilla...
...Es levantarse y susurrarle al día "buenos días, tristeza" porque uno sabe que a partir de ahora todo será una butaca vacía y esos recuerdos enormes que un día también nosotros nos llevaremos para siempre...
Miguel Ángel Maya.
Sevilla, 31 marzo 2009.

4 comentarios:

Cristina dijo...

Tristes pero preciosos sentimientos. Sigues dando siempre lo mejor de ti. Te leo y te releo. La nostalgia es parte de Sevilla.

David J. Calzado dijo...

Qué dulzura esta voz. Me has hecho llorar. Beso.

Lara dijo...

a mí también

de cerca tengo esa tristeza

un abrazo muy grande

Ana dijo...

Nos une después de mucho tiempo,este relato. Mi abuela Conchita murió el 22 de abril de 2008, y parece que fue ayer, también de utero grande, tuvo siete hijos...y siempre se estaba riendo y haciendo reir.

Muchas gracias por tu relato, me ha encantado.
Ana Giner.