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viernes, 6 de mayo de 2011

DUBROVNIK (O FORMAS DE ESTAR VARADO)


...Hablemos de topografías...
...Dubrovnik. Espero el autobús. Mis ojos se van tras una chica en bicicleta. La falda no es lo suficientemente corta. Es lo suficientemente corta, sí, entiéndeme, pero sigue tapando topografías cruciales. Espero. El autobús, la bolsa o la vida. Miro el teléfono. El útero de Lara me traerá novedades en las próximas horas. Se va a apagar de un momento a otro, el teléfono. El cielo sigue siendo azul. Il cielo è sempre più blu. Pasan dos chicas vestidas de flamenca. Una es rubia, la otra es una anécdota prescindible. La rubia lleva un traje rojo. No sé cómo describirlo, ahora hay trajes de flamenca cuyos voltantes parten en la rodilla, y el resto es un boceto de la figura que va dentro...
...Imagino la figura que va dentro. Pasan delante de un escaparate. No sabía que aquí detrás había un escaparate. Pone Dubrovnik 639 €. Recuerdo el cuento de Lara. Pienso en el útero de Lara. Miro el teléfono. La figura rubia que va dentro del traje rojo se aleja. Pienso en Dubrovnik, pienso en la topografía que se aleja...



...Pienso en Buster Keaton cayendo. Pienso en Buster Keaton aprendiendo a caer, y rodando esa escena en unas cataratas, cuando se rompió la cuerda. Lo vi en un programa de cine que veía cuando no sabía que yo podía aspirar a formar parte del cine. Tendría seis años, y en el patio de la casa de mis abuelos aprendí a caerme como Buster Keaton. Creo que el programa de cine se llamaba Polvo de estrellas. Ahí supe que la escena del barco de Charlot Emigrante se rodó poniéndole un péndulo a la cámara. Escribía en un cuaderno los trucos del cine...
...Pienso en Buster Keaton varado en un bar. Pienso en un gin-tonic y en una azotea. Pienso en el verano. Miro a una chica que se levanta y le deja el asiento a un anciano. El anciano se niega de forma antipática. Paga con la chica el paso del tiempo. Miro la nuca de la chica..
...Ya he subido al autobús, no lo había dicho...



...Miro la ciudad a través de la ventana. Vibra el teléfono en mi bolsillo. Dubrovnik, el útero, la figura rubia que va dentro de un traje de flamenca que se aleja, el sobresalto. Vodafone. Mierda. Borro el mensaje. Me veo en el reflejo, el sol en mi antebrazo, mis ojos que yo veo marrones y mucha gente ve verdes. Estoy solo, completamente solo. Me acuerdo de Nadia llorando en un autobús nocturno londinense y rojo en Wonderland. La música de Nyman. Tengo que bajarme. La yema de cualquiera de mis dedos tiene que pulsar STOP. Dejo el trabajo sucio a los demás viajeros. Nadie me hace el trabajo sucio, nadie pulsa el botoncito rojo. Veo pasar la parada donde tendría que haber bajado. Es demasiado tarde, me digo, y se me revuelve el estómago. Me levanto. Trataré de volver sobre mis pasos, cuando baje, cuando pise tierra firme...
...Recuerdo cuando llegué al puerto de Cartagena de Indias después de seis días de navegación y tempestad en velero. Me hace gracia la expresión tierra firme. Eppur si muove. Bajo. Miro al horizonte, olisqueo el aire. Pienso en Dubrovnik. Vuelvo atrás. Silbo el tango Vuelvo al sur. Pienso en el sur de Julieta Desmarás. Me gustaría conocer su voz de sur...
...Cuántas formas de estar varado...

Miguel Ángel Maya
Sevilla, 6 mayo, 2011
*

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Que viva la música



"Con una mano me sostengo
y con la otra escribo"*
Malcolm Lowry cruzando el Canal de Panamá

*(Cita con la que comienza Que viva la música de Andrés Caicedo)

...Anoche fue como si la lluvia no hubiera tocado el suelo: de los tejados provenía el olor de ciudad mojada apenas por las primeras gotas, pero en el suelo no había ni rastro de lluvia, ni rastro de cielo, ni siquiera deseo de tejados, de gatos...
...Me faltaba inspiración. Tampoco a mí (me) llegó la lluvia, por eso la música sonaba a todo volumen y se perdía por los tejados entrechocando como peonzas enloquecidas, encendidas por el fuego azul y perezoso e insolente del humo de los cigarrillos en las películas en blanco y negro. Por eso las teclas, por eso el rastreo de sabueso ansioso de sonidos que entrechocaran en mis tímpanos y me mordieran por dentro bien mordido, bien saciado...
...Con una mano me sostenía y con la otra escribía, o al revés, pero sólo la música lo sostenía todo: y ahí estaban, formando parte de los mismos sueños, de la misma tierra incógnita, la ropa extendida en el sofá, la mochila floja aún sin nada dentro, el piano, las teclas del piano, la piel estremeciéndose por las primeras gotas del verano terminal, y la música...
...Con que ella esté viva ya me basta a mí para latir...

Miguel Ángel Maya
Madrid, 9 septiembre 2009