domingo, 29 de septiembre de 2013

POR SI SE VA LA LUZ



Para Lara

...No siempre creo en la literatura, pero tampoco sé explicarte esto...
...Me refiero a que sólo creo en los libros. Tú lo sabes, lo sabemos, y en eso somos cómplices, aunque veamos el mundo de distinta manera, aunque veamos el mundo de forma tan insultantemente parecida. Creo en los libros, no en la literatura y los huracanes o las anécdotas, del mismo modo que adoro el fútbol como batalla y me dan igual los fichajes, las declaraciones de los entrenadores, los penaltys injustos...
...Tú sabes que estoy de acuerdo con Philip Roth cuando dice que la escritura es un combate de boxeo. Sabes que sólo creo en la literatura como combate de boxeo. Sabes que es eso lo que me hipnotiza de tus palabras y de lo que te obsesiona en esa cabecita que tienes. Por eso estoy enamorado desde que te conocí, no sólo por tu sonrisa con dientes de conejo y nariz arrugada...
...Yo no soy capaz de distinguir las punzadas en el estómago, esto también lo sabes: sabes que lo mismo me da una punzada de amor, o de desamor, o de literatura, o de música, o de mecagoenlaputanecesitounpiano o de mecagoenlaputallámame o de mecagoenlaputatenecesito. No sé traducir el grito, ni los llantos, ni tampoco los dolores, o transcribirlos. Y lo sabes, por eso nos seguimos los pasos en la distancia, nos queremos en el silencio, nos echamos de menos en los peores momentos..
...Me acuerdo de la Calle Júpiter, de los cuartos de la Calle Júpiter. Todavía hoy, cuando voy en el autobús 27 me da un vuelco al corazón leer el letrero de la calle. Te conocí allí. Cambié muchas veces de postura un mono que había en uno de los cuartos: le poníamos cosas, al mono, cigarros, objetos. Nos reíamos del mono. Me masturbé alguna vez pensando concretamente en una de tus compañeras de piso. Quiero pensar que ella hizo lo mismo conmigo, pero sólo tú marcabas los ritmos de esa casa, de esas fiestas. Y como cuando leo más que con los ojos lo hago con las vísceras, me produce el mismo vuelco que las palabras "Ca-lle-Jú-pi-ter" o la simple indicación de carretera al llegar a la rotonda de Matalascañas: "Mazagón". O las palabras "Sopa de ganso" o "Calle Betis" o "Cecilia" o "Blue Moon" o incuso "Dellwood" leer

He encontrado en casa de Damián el resto de una mujer. Está por todas partes en pequeñas dosis, pero su presencia se impuso el día que topé con la cajita redonda, de metal oxidado de Old English Fruit Drops, con un ancino león-sol, barbado, en su tapa. La abrí, y los caramelos eran botones, de todos los tamaños y colores; el tacto y el perfume de los costureros viejos entraron por mi nariz como una medicina. Recordé (¿por qué olvidamos nuestra propia vida?) que durante varios años, los comprendidos entre mi última pubertad y mi completa adolescencia, yo tuve un afán de costurero viejo. La vida se formaba en mí como una cadena de elementos importantísimos, y cada pequeño acto del camino debía ser atesorado, sellado, para jamás olvidar el recorrido, para consagrar el orien. Pero nos traicionamos a nosotros mismos, la adolescente piensa que la joven no se olvidará de ella (¿cómo voy a convertirme en otra persona? ¡Eso es imposible! He de guardar aquí todas las señales por si cuando crezca me despisto), pero por si acaso marca el camino con símbolos. Hace muchos años, yo tenía cajas de zapatos, de galletas, de lencería, llenas e porquería, cada una con su fecha escrita en la tapa. Lo tesoros son porquería: una rana aplastada, pequeña, que encontré en el camino de la playa el primer verano en M., el tapón rojo de una botella de dos litros llena de vino que me había bebido con I. hasta el delirio, todas las entradas de cine, hojas de árbol (también con la fecha escrita en ellas) que había arrancado de los paseos por el parque con P., el primer chico al que amé, los envoltorios de Pictolín y Trident que este siempre llevaba en el bolsillo y que chupábamos antes y después de besarnos, klínex usados y rigurosamente doblados (con su fecha correspondiente), el primer condón, perteneciente a otro jovencito enamorado, la colilla del primer cigarro que fumé, mechones de pelo ajeno atado con hilo. Podría enumerar la mierda que había dentro de esas cajas hasta el hastío, pero la he olvidado. Cuando como un orfebre guardaba cada cosa al llegar a casa de mis padres y encarrarme en mi habitación, creía que las llevaría conmigo para siempre, pero por supuesto la cajas, amontonadas una encima de otra sobre el mueble de los libros, nunca fueron conmigo a ninguna parte y al cabo de los años fueron directas a la basura porque mi madre decidió deshacerse de ellas. Lo que yo no sabía cuando construí ese relicario es que el pasado duele, destroza, avergüenza, apesta. Y que por esa razón vamos posponiendo el momento de asomarnos a ellas, a las cajas que contienen nuestros pequeños pasos, importantes, ridículos, repetidos hasta la saciedad, tanto y de tan múltiples formas, que los primeros van desvaneciéndose, deshaciéndose como cuerpos enterrados. Lo que queda es el tormento de lo que hemos sido y ya no somos o, peor aún, de lo que somos ahora y antes no éramos.

...Recuerdo un largo viaje en coche de Madrid a Sevilla. Recuerdo que hablamos todo el tiempo de literatura y del paisaje y de nuestra vida. Todo estaba unido. Los párrafos, el sexo, la antropología, las palabras, las cunetas. Recuerdo que te dije que para mí la literatura no se sostenía en las palabras y tú me respondiste que adelantara ya a ese camión. Me recuerdo hablando contigo de literatura en una cama, cuando yo todavía no vivía en Madrid y tú vivías junto a la estación de metro de Bilbao. Nos recuerdo escuchando a Damien Rice y leyéndonos fragmentos de Los detectives salvajes de madrugada, descojonánonos de la escena donde Ulises Lima vacila a la policía sandinista a cuenta de los cigarrillos cubanos y mexicanos. Me recuerdo tanto, pero tanto, riéndome contigo, riéndonos de todo, que sé que es así como nos recordaría si ahora mismo muriese...
...Recuerdo seguirte los pasos desde El niño jarocho, el primer cuento que recuerdo haber leído de tu puño, víscera y letra, en la casa de Gran Plaza. Recuerdo tus cartas escritas a ordenador, en mi primera casa de Nápoles. Y tus cuentos en mi buzón de Via Duomo. Y la tinta roja, y ese corregir y corregir y corregir y leer y leer y leer. Recuerdo que yo llegué con Bolaño de Nápoles como tú me taladraste con Cortázar la noche que te conocí, en Sevilla. Nadie habla de Cortázar a las 2 de la madrugada con un ron en la mano (los gin-tonics llegaron después) y en el Sopa de ganso. Sólo tú y yo. Nadie se había leído a Cortázar con 17 años. Sólo tú. Bueno, y yo, que me había leído El perseguidor, pero no por lector sino por músico. Ya sabes...
...No soy capaz de abrir un libro tuyo sin acordarme de nuestros pasos por la Calle Betis, bajo la lluvia, con vino, por eso soy el peor lector del mundo, porque sabes que "Cecilia dice siempre lo que piensa, y casi nunca piensa como yo" y lo sabes a dos voces, lo sabes de madrugada, lo sabes en secreto, como los perros que reconocen cada recodo de otro perro con sólo husmearse; como ambos conocemos las cicatrices del otro, y las reconocemos en nuestras palabras. Sé que no me explico, pero sé que me entiendes, sé que a veces nos quedamos solos por la noche y lloramos por lo que hemos perdido, por lo que hemos elegido, o por lo que no hemos perdido o no hemos elegido, y sé que a veces nos agarramos a "Chico Buarque tiene puestos los anteojos que dejé sobre un cuaderno con su rostro" o nos agarramos a esos suicidios, a las calles de Madrid y a Malasaña y a los sótanos donde coincidimos con tantos personajes y tan pintorescos, como yo te busco como un perro cada vez que huelo tu colonia de Cacharel, como cuando me peleo con una de las novelas de mi disco duro y pienso qué harías tú, o pienso lo bonito que sería tenerte al otro lado del teléfono, al otro lado del manuscrito, brújula o desierto, tinta roja o vino, caricia o desenfreno, cena o charla, película o estanterías con libros...
...Soy el peor lector del mundo porque mi forma de leer es esa en la que es tan importante el libro que leo como las circunstancias en los que llegó a mis manos y los latidos o las tripas revueltas. Creo que no hay peor lector de tu libro que yo, pero a la vez siento que tengo el privilegio de reconocer el sedimento que hay bajo tus palabras, lo escarbado bajo tus uñas y las uñas de tus personajes, la autobiografía de ese sedimento, la radiografia geológica del llanto que me brota cuando leo una frase. Es el mismo privilegio que tenían Mutis y Cortázar cuando pudieron leer Cien años de soledad en un manuscrito de Olivetti con tachones y correcciones, o el que tenían Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes cuando leyeron Rayuela de la misma guisa: Olivetti, tinta roja; el mismo cosquilleo de felicidad de luciérnaga de cuando muere Rocamadour en aquella habitación de París mientras sonaba John Coltrane... 
...Soy el peor lector del mundo, sin embargo, he leído tu libro en un tren, y en un metro de París, y he ido a ver a Julio en Montparnasse y le he leído bajo un cielo gris y agrio de París que habría enamorado a Roberto Arlt esas palabras de tu libro por las que yo daría mis manos de pianista y por las que necesité entrar en un bar de la Gare de l'Est para pedir una cerveza y por las que me dije, te dije, nos dije: ahora sí, mi amor, esta sí que es la literatura que duele de los elegidos:

Elena hace recuento. De rodillas sobre la siembra, observa las pequeñas matas que han crecido. No hace caso de la escarcha de la noche, sabe que fortalecerá los tallos. Para sus plantas, la escarcha no es hielo, es abono, disciplina. En un cubo, a su lado, están las piezas que puede cambiar y un pequeño sao lleno de lombrices gordas que ha desenterrado con sus propios dedos. Carnada. Todavía hay poco que ofrecer. Antes de preparar sus víveres, ha separado lo más gordo y suculento para el cerdo. A la hora del amanecer los ha hervido sin dejar que se ablanden del todo. Luego ha puesto las piezas en un plato y con las manos se las ha ido dando. Mete los trozos en su boca con cuidado, el cerdo tiene el hocico entreabierto y un aire fétido y caliente que sale de su interior en ráfagas cada vez más lentas. No reacciona ante el olor de los alimentos, Elena los introduce y los empuja con sus propios dedos hasta donde puede dentro de esa cavidad áspera. Poco a poco el animal empieza a tragar. Ella no tiene iedo de que le muerda, podría morderla con sus dientes romos y destrozarle la mano, pero sabe que ya no hay fuerzas para eso. Además de las verduras, Elena ha recolectado frutos caídos de los árboles, que machaca, crudos, y los mezcla con el resto ya cocido. Aliña la verdura con frutos secos. El cerdo necesita energía. Sus ojos de clavo, cubiertos de pelos largos, ya o se abren. Tiene que moverlo para quitar el plástico que cubre la cama, lleno de orines y excrementos líquidos de un color verdoso. Nota el sudor corriéndole por la frente seca y entre sus pechos de pellejo cuando hace el esfuerzo de desplazar al animal, empujándolo por detrás, las dos manos sobre el lomo. A duras penas el cerdo se desliza unos milímetros sobre el plástico. Elena gime de cansancio depués del último empellón, no va a conseguirlo. Con movimientos rápidos, sintiendo las gotas de sudor bajar hasta el vientre, va hacia la cocina y llena un cubo de agua. Decide limpiar el plástico con el cerdo encima. El agua rápidamente se ensucia de mierda, se oscurece. La tira a la tierra del huerto y rellena el cubo de nuevo para lavar al cerdo, suave. Consternada, observa los restos de porquería sobre la piel, sobre la cama, cada vez es más difícil. Por tercera vez llena el cubo y con lágrimas en los ojos lo vuelca encima del bicho enorme que agoniza en el colchón. El agua sucia se acumula en charquitos alrededor de él. Sale de la habitación, exhausta, y de rodillas en el huerto remueve la tierra dode o hay nada sembrado para encontrar las lombrices más gordas, que meterá dentro de un saquito para venderlas mañana.

...Se lo leo a Julio bajo un cielo que amenaza lluvia, como casi siempre en París, y cierro el libro, sabiendo que después iré a la tumba del niño que aparece en esa foto en un barco. Sus padres y su hermano le han dejado una nota en la que le cuentan lo difícil que es vivir sin él. Me estremezco. Me estremece todo, el cerdo, el niño, saber que le he leído tus palabras y que ahí debajo de esa piedra está el esqueleto de Julio Cortázar. Me estremece leer tu libro en el metro de París. Me estremece la autobiografía y odio ser el peor lector del mundo...
...Y pienso que el peor lector del mundo sólo podría hacer una cosa: dejarle el libro a Julio, ahí encima, en esa piedra que sepulta su esqueleto, para que el objeto-libro-con-la-literatura-que-duele-de-los-elegidos siga su curso en París, para que otros lo abran, lo descuarticen, lo lean, lo roben...
...Pienso que es lo mejor que podía hacer un lector-desastre como yo con el libro de quien, quince, dieciséis, diecisiete años antes me habló de Cortázar a las 2 de la mañana en el Sopa de ganso minutos antes de empezar a besarse con otro...

Miguel Ángel Maya
29 de septiembre de 2013

P.D.