viernes, 19 de abril de 2013

LARA DIT ÇA


...De la presentación del sábado pasado rescato un vestido y un amor, las pizzas, la calidez de Enclave de libros, el dolor, el alcohol, las risas, la noche y esto que dijo Lara:

Miguel Ángel Maya es una persona singular, y como persona singular que es escribe mundos singulares. En la presentación que se hizo en Sevilla de este libro, la escritora Sara mesa dijo que Migue tenía un universo propio, absolutamente propio, que es más de lo que pueden decir muchos escritores. Yo estoy totalmente de acuerdo con eso, y para presentar a Migue quiero leer aquí un poema que, en mi opinión, resume algo de lo que Migue es, en su literatura y también, por qué no, en su vida.

"El espectáculo", Las identidades, Felipe Benítez Reyes. 

Antes de empezar a leer El hombre que decía haber salvado a Rebeca B. pensaba que era un libro de relatos. abrí el libro y leí el primer capítulo, y rápidamente me di cuenta de que no lo era, El hombre que decía haber salvado a Rebeca B. no es un libro de relatos, en todo caso es una novela, pero más allá de eso es otra cosa: a lo mejor ni siquiera es un libro, es un laberinto y un enigma. Es un fotograma o una trampa. Es Rebeca B. Y Rebeca B. es mucho más que un libro. 

Os pongo en antecedentes. Miguel Ángel Maya ha creado una ciudad, Saint Simons. No cabe duda de que Saint Simons entra dentro del mapa literario de trasuntos civilizados, o más bien absolutamente incivilizados, donde ya aparecen Macondo y Jefferson; de hecho Saint Simons, sin tener nada que ver con la una o con la otra, podría ser una mezcla terrorífica de las dos. Saint Simons es el lugar, absolutamente cinematográfico, donde transcurre este libro. Lo tiene todo, tiene una pizzería a la que quiero ir, tiene un Bed & Breakfast donde no sé si quiero dormir, tiene una estación, Sandspur Road, donde querría esperar el tren de mi vida, y tiene Magnolia Avenue, por donde estoy segura que he conducido alguna vez. Pero tiene más cosas: un paseo marítimo, unas dunas que están a punto de comerse la ciudad, un mar que devuelve constantemente misterios y cuerpos a la orilla, una reserva de rencorosos indios Seminola que son un peligro para la población, y sobre todo, para unas galerías subterráneas comidas por el óxido, donde generaciones y generaciones de seres aparentemente humanos son entrenados para la música más celestial, donde se practica el canibalismo y donde la yet set de Saint Simons baja a escuchar conciertos de mozart, Bach y Beethoven y luego gasta impunemente todo su dinero negro en lujos, perversiones, juegos, vicios y demás oscuridades a costa de los habitantes del subsuelo, pura mano de obra explotable. Sin hablar, por supuesto, de la Guerra Minúscula que asoló la ciduad. ¿Alguien se puede imaginar una cosa así? Este es el contexto de este libro. 

El otro día hablé con un amigo que se había leído el libro, y me dijo no sé qué de ciencia ficción. Evidentemente, 'parece' ciencia ficción. Pero yo no lo he leído así. Primero, porque el estilo de Migue, rápido, cálido, cinematográfico, descarnado, jazzístico, hermosamente sentimental, policiaco, glamouroso, nada tiene que ver con la ciencia ficción, para mi gusto. Segundo, porque cuando leí la primera descripción sobre lo que pasaba en las galerías lo primero en lo que pensé fue en Eurovegas. Eurovegas sí es ciencia ficción, por lo tanto, la literatura de Migue es pura realidad. Miguel Ángel disfraza de pura ficción la crueldad de este mundo. En El hombre que decía haber salvado a Rebeca B. se reúne, para conspirar sobre los crímenes más violentos el cónclave de la Trinidad de los Azares, que no puede ser otro que el de las Azores, y además, se dicen cosas como esta: "Cuando a usted le dan un plato de comida y una escopeta, ¿se deja acariciar?". No, creo que no es ciencia ficción, por desgracia, lo que cuenta el libro ya ha pasado y está pasando en este momento. Saint Simons es un poco como el desierto de Sonora, los agujeros que hay en la tierra son como los de Ciudad Juárez y la tristeza de la música de cámara de las galerías debe de ser parecida a la de algunas generaciones de músicos cubanos.

Pero en este libro hay una belleza particular, que posiblemente sea lo más importante de todo. Esa belleza se llama Rebeca B. Migue escribe "No, hace ucho tiempo que no sé nada de Rebeca", y al lector se le encoge algo dentro porque eso es la vida, la perplejidad que uno siente al darse cuenta de que alguien se ha alejado de tu camino, de que los años han pasado y no en balde, de que nada fue lo que uno pensaba que sería. Migue escribe: "Los labios de Rebeca B. son fríos, acartonados y azules, sobre todo si el mar ha arrojado su cuerpo a la playa, y ella está inconsciente. No hay mucha diferencia entre un beso y un boca a boca". Migue escribe eso y todos estamos enamorados de Rebeca B. igual que el narrador de este libro. Para mí, en este libro hay muchos testimonios y un solo narrador, y el narrador es valioso como una llave o como la misma Rebeca. El narrador es narrador y personaje. El narrador es un juego íntimo de la escritura: es un personaje que se mira en el espejo y a la vez se da la vuelta y se dirige hacia la playa y a la vez escribe todo esto y aun así resulta lúcido. Este tipo, que aparece una y otra vez en los relatos y del que no sabemos el nombre, es un personaje digno de Miguel Ángel Maya: da igual quien sea, porque él solo es todos los narradores, todos los narradores de este libro son un poco detectives, todos están consternados por el dolor y a veces por el amor, todos tienen un revólver y no saben usarlo, todos tienen miedo y les da por huir o por no moverse, todos tienen ese peso inquietande te la vida, la certeza del paso en falso. La lluvia en la noche siempre les trae mujeres empapadas a casa, y ellos las escuchan y no las entienden y las miran a los ojos y las dejan escapar y luego escapan ellos y conducen un coche y tiemblan y tienen un revólver y lloran.

Tengo que terminar hablando de Rebeca B., la trapecista del pelo rizado y rojo, pero no debo hacerlo. Si lo hiciera, en realidad, traicionaría el libro, porque vosotros tenéis que descubrir a Rebeca B. por vuestra cuenta, tenéis que vivir esa experiencia, tenéis que revolver en una basura llena de ropa interior y cáscaras de plátanos por si ha dejado alguna huella.
Sólo puedo decir que Rebeca es la trampa, el laberinto, el iceberg de hemingway, Rebeca es lo que el lector busca en cada relato, o en cada capítulo, y Migue ha sabido encender esa alerta desde la primera página y alimentar la promesa durante todas las demás. Rebeca B. y aquello que ocurrió en el Bed & Breakfast donde sucedió todo, esos dos símbolos poderosos, a golpe de imágenes de cine mudo, nos llevarán de la mano por la noche de Saint Simons, nos empujarán, más bien, dentro del coche oscuro que viaja a toda velocidad, nos arrastrarán hacia la orilla de la playa buscando un cuerpo, y al final estaremos también nosotros ahí, conmocionados por la belleza, con los ojos traspasados de una extraña nostalgia, oliendo el peligro y sabiendo que, una vez más, Miguel Ángel Maya nos ha metido dentro de su mundo, de su obsesión, y ahora no podemos salir.

Lara Moreno, Madrid 12 de abril de 2013

P.D:


...Gracias infinitas, Love...

8 comentarios:

Marco A. García dijo...

Vaya memoria tienes, hermano! ;-)

Tenemos que vernos más.

Lara dijo...

gracias a ti

titiritero

(ay)

Isabel dijo...

Pordios, qué ganas de leerlo. ¡Vaya presentación!
Cómo es Lara, ¡madremía!

Rabia, me perdí la de Sevilla.

Miguel Ángel Maya dijo...

...Sí, mi memoria es prodigiosa, querido Marco: me acuerdo de todo, palabra por palabra, y me acuerdo incluso de las pausa-respiración que Lara hacía...
...Y sí, totalmente de acuerdo en eso de que tenemos que vernos más...
;-)

Miguel Ángel Maya dijo...

...(el titiritero se deshace cuando lo llaman titiritero)...
...Tq...

Miguel Ángel Maya dijo...

...Gracias, Isabel, la verdad es que tanto Lara (Madrid) como Sara (Sevilla) me dispensaron elogios ruborizantes a mansalva y a discreción...
...Me voy a tener que releer el libro para medir precisamente el grado de exageración de ambas...
...He de decir, sin embargo, que ya las quería desde antes...
:-p

Aroa dijo...

Fue un placer, la verdad, estar en esas butaquitas.

Miguel Ángel Maya dijo...

...El placer fue mío...
...(Por las butaquitas y por el después)...
;-)